
Albabeto QWERTY/Andrés Villarreal/Ríodoce
Escobar era un animal acorralado cuando lo cazaron en un tejado de su natal Medellín, Colombia. Un día antes había cumplido 44 años. Hay una foto emblemática de ese diciembre de 1993, muestra al agente de la DEA, Jack Steve, en la pose del cazador con su presa. Le jala la manga de la camisa, mostrando el dominio.
A Escobar le seguían el rastro 500 policías del llamado Bloque de Búsqueda, con apoyo de agencias estadounidenses y francesas; se sumaban los Pepes, Perseguidos por Pablo Escobar, un grupo narcoparamilitar con los muchos enemigos de Pablo, que eran otros cientos, forrados de dólares.
Han pasado casi 33 años de eso, Pablo Escobar dejó tras de sí un reguero de violencia y dolor al que Colombia vuelve irremediablemente. Pero también dejó un incomprensible atractivo de fama, las herencias malditas de Pablo no dejan de aparecer, aunque hayan pasado tres décadas de su ausencia física.
Es el caso de los hipopótamos de Escobar. Compró cuatro ejemplares porque entonces podía hacer lo que quisiera, los llevó a un rancho que bautizó como Nápoles y lo convirtió en su arca de Noé. Había jirafas, elefantes, canguros, cebras. Pero fueron los hipopótamos quienes encontraron su paraíso, las condiciones perfectas para reproducirse en la cuenca del río Magdalena, que abarca cientos de kilómetros alrededor de lo que fuera la hacienda Nápoles, hoy convertida en un parque.
Hay al menos 200 hipopótamos en Colombia, y son el rastro de Escobar, una especie invasora única porque aparte de África, no viven más que en zoológicos. Mientras en muchos países de África son una especie amenazada, en Colombia se reproducen con absoluta facilidad, hasta convertirse en lo contrario, un gran desastre ecológico que muchos gobiernos de Colombia no logran resolver.
En estos días se reabrió el debate porque el Ministerio del Ambiente aprobó el sacrificio de 80 hipopótamos del Magdalena Medio. Y los colombianos se dividieron en dos: quienes lo aceptan porque es una urgencia para contener la extensión de la plaga y quienes rechazan con indignación la idea de sacrificarlos.
¿Dónde conecta toda esta historia con Sinaloa? ¿Qué importancia tienen los hipopótamos de Pablo con esta tierra, más allá del eterno morbo que vende entretenimiento
Margen de error
(Ostok) A mediados de 2023 llegó a Medellín un mexicano con una alternativa al problema de la invasión de hipopótamos. Ernesto Zazueta, se presentó como el Presidente de la Asociación de Zoológicos y Criaderos de México y Fundador de Ostok, una reserva en Sinaloa, donde podrían llevar a un grupo de hipopótamos. Si a los colombianos los desbordaba el problema, aquí tenían una opción, insistía en medios mientras iniciaba los trámites legales de su propuesta.
Los hipopótamos no solo colonizaron el río Magdalena y cientos de kilómetros, alterando el hábitat de otras especies y también de los pobladores. Se aparecen en carreteras y calles, aplastan coches, devastan sembradíos. Los hipopótamos invadieron además el imaginario colectivo de un país. Son al mismo tiempo un problema nacional y un “símbolo incómodo”, como lo define Alonso Buitrago Londoño, un periodista colombiano que ha seguido los rastros de los hipopótamos de Pablo a tierras de Sinaloa.
Acuerdos internacionales
Hablé con Buitrago ahora que anuncian el sacrificio de 80 ejemplares para contener la invasión. La propuesta de Zazueta se atoró por implicaciones hasta políticas, por la falta de permisos y sobre todo por una pregunta que nadie se hizo pero que siempre estuvo presente y Buitrago sí entendía: Qué implicaciones simbólicas tendría que los hipopótamos de Pablo pasaran ahora a la tierra del Chapo. Medellín y Colombia no son tan ajenos como se piensa.
Alonso Buitrago y el editor del diario español El País en México, David Marcial Pérez, estuvieron en Sinaloa hace unos dos años, para conocer dónde pretendían traer los hipopótamos que se han convertido en ese símbolo incómodo de Colombia. Si prosperaba el permiso solicitado por Ernesto Zazueta de Ostok, ¿dónde sería el nuevo hábitat de los hipopótamos de Pablo?
Primera cita
(Sacrificio) Los colombianos sienten que ya lo intentaron todo con los hipopótamos, que sin depredadores (no hay felinos ni cocodrilos que se los coman) no hacen más que crecer e invadir más territorios. Cada tanto se va diciendo que ya están en otros municipios de la cuenca del río Magdalena.
Han intentado esterilizarlos, cazarlos ordenadamente, comérselos incluso. La idea de sacrificarlos coincide justamente con la visita del mexicano Ernesto Zazueta en 2023 a Medellín, para traer un grupo de 80 ejemplares a Sinaloa y otro grupo llevarlo a la India. Justamente 80 ejemplares es lo que ahora, tres años después, se platea sacrificar como medida de control.
Zazueta llegó a Medellín con una pregunta: ¿Por qué los van a matar, si tienen la opción de salvarlos?
Mirilla
(Éxodo) La opción de salvarlos era el traslado al refugio en La Campana, que se volvió conocido en Culiacán cuando llevaron a un elefante maltratado por décadas en su peregrinar por circos. Big Boy, se llama ese elefante.
Ese era el sitio que en documentos y declaraciones ofreció Ernesto Zazueta en su viaje a Medellín. Tres años después el santuario de Ostok fue abandonado por la guerra entre Chapitos y Mayiza. Eso provocó ahora el éxodo de unos 700 animales que ya estaban en La Campana para otro santuario cercano a Mazatlán, BioParque El Encanto.
Referencia geográfica
La violencia no solo desplaza personas en pueblos y ciudades, sino también animales.
Los hipopótamos de Pablo no llegaron a Sinaloa. El símbolo macabro de la herencia maldita de Pablo sigue siendo un problema para Medellín y para todo Colombia (PUNTO)
Artículo publicado el 26 de abril de 2026 en la edición 1213 del semanario Ríodoce.
