Por: Cuauhtémoc Villegas
Hay imágenes que parecen distopías sacadas de una mala broma, pero la realidad del 2026 nos ha regalado una que quedará para los anales del surrealismo cultural: Vin Diesel, entre lágrimas y testosterona, siendo ovacionado en el Palacio de Festivales de Cannes. Sí, el mismo recinto que ha visto desfilar a Godard, Fellini y Kurosawa, hoy huele a nitro y llanta quemada.
Para quienes vemos en el cine algo más que una sucesión de explosiones imposibles y diálogos sobre “la familia”, el homenaje a la franquicia de Rápido y Furioso en la Croisette se siente como una bofetada al intelecto. Es, sin medias tintas, el equivalente cinematográfico a entregarle el Premio Nobel de Literatura a los guionistas del Libro Vaquero.
El triunfo del “poptimismo” sobre el arte
No se trata de ser un esnob recalcitrante. El cine comercial tiene su lugar, su público y su mérito técnico. El problema radica en la claudicación de los espacios de prestigio. Cannes siempre fue el último bastión, la reserva espiritual del cine que te obliga a pensar, que te incomoda, que te propone una visión del mundo. Al abrirle la puerta grande a una saga que desafía las leyes de la física y la lógica con la misma ligereza con la que se cambia una velocidad, el festival ha decidido cambiar su alma por unos cuantos clics y portadas de revista.
La justificación oficial de Thierry Frémaux suena a excusa de relaciones públicas: “Es un clásico contemporáneo”, dicen. Pero la verdad es más pragmática y menos romántica. Cannes necesita los dólares de los grandes estudios de Hollywood para seguir financiando su aura de exclusividad. Es un intercambio de favores: Hollywood compra prestigio francés y Cannes compra relevancia mediática.
La narrativa de la nostalgia
El momento de la noche, por supuesto, fue el sentimentalismo. Las lágrimas de Diesel recordando a Paul Walker son el gancho perfecto para una audiencia que consume emociones prefabricadas. Es una narrativa poderosa, sí, pero es una narrativa de celebridad, no de cinematografía.
Ver a los críticos de la vieja guardia francesa retorcerse en sus asientos mientras se proyectaban escenas de coches saltando entre rascacielos fue el recordatorio de que el mercado ha ganado la batalla final. Ya no importa la profundidad del guion o la composición del encuadre; lo que importa es cuánta “gasolina” le queda a una franquicia que ya debería haber estacionado hace una década.
Un peligroso precedente
Si aceptamos que la espectacularidad vacía merece el mismo podio que la introspección artística, estamos aceptando que la cultura es simplemente un producto de consumo más, como un refresco o una hamburguesa.
Si seguimos por este camino, no nos extrañemos si el próximo año el Museo del Louvre decide dedicarle su sala principal a una exposición retrospectiva de estampitas de futbol o si, como bien se dice, el Libro Vaquero termina siendo lectura obligatoria en la Academia de la Lengua. Al final, parece que en Cannes la Palma de Oro ahora se gana con caballos de fuerza, no con talento.
