‘Ya no puedo más aquí’, decía Ana Alicia; no alcanzó a escapar del ataque al Tropicana

Ricardo González/Ríodoce.- Ana Alicia no planeaba quedarse. Su papá le había ofrecido una salida en Monterrey y ella esperaba el momento para irse.
“Me decía: ‘mamá, ya no quiero seguir aquí, ya no aguanto… yo salgo muy noche y tengo mucho miedo’. Me dijo que iba a esperar a que el casino cerrara o que le dijeran que ya no tenía trabajo, a ver si la liquidaban con algo o le daban algo de utilidades, ella pensando en ya definitivamente… ella tenía intenciones de irse”, cuenta su madre, Alicia.
No alcanzó.
Murió el 4 de mayo atrapada dentro del casino Tropicana incendiado en el sector Tres Ríos. Tenía tres hijos: una joven de 18 años, un adolescente de 14 y un niño de 10. En sus últimos minutos, según sus compañeras, gritaba lo que la sostenía.
“Mis hijos, tengo que salir porque mis hijos están solos, me necesitan”, fue el relato que una de sus compañeras hizo durante los servicios funerarios.
El casino no estaba abierto al público. Había sido atacado a balazos apenas unos días antes, el 28 de abril, en un episodio que se suma a la serie de agresiones armadas contra comercios y viviendas en distintos puntos de la ciudad. Aun así, los trabajadores seguían asistiendo para hacer trabajos de limpieza y mantenimiento.
“Ella ya me había dicho como 15 días atrás que habían tiroteado el casino. Me decía: ‘así nos están haciendo ir mamá, está cerrado al público, pero nos obligan a venir’, y pues por la necesidad”, relata Alicia.
Ana Alicia quería irse de Culiacán. Lo decía mientras caminaba sola por calles vacías después de salir de trabajar de madrugada. Lo repetía en mensajes y audios enviados a su madre.
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“Me mandaba fotos para mostrarme lo solas que estaban las calles cuando salía y me decía que tenía miedo, pero la necesidad la obligaba a ir a trabajar”.
Su padre ya le había ofrecido ayuda para salir de Sinaloa.
“Su papá ya le había dicho que se fuera a Monterrey y que la iba a ayudar, pero ella estaba esperando nada más que le resolvieran en el trabajo. Ella decía que en unos 15 días máximo ya le iban a resolver”.
En uno de los audios que envió a su madre, la voz de Ana Alicia se escucha cansada, quebrada:
“Yo ahorita tengo má, pero no me va a alcanzar, porque tengo que pagar mantenimiento de ahí de la casa. Me voy a esperar hasta que me digan que ya no hay trabajo aquí en el casino y hasta entonces ya me voy a ir a Monterrey. Ya no pienso lucharle aquí, es demasiado, me estoy consumiendo, me estoy enfermando. No, no, no… ya no puedo más yo aquí”.
El día que murió, dice su madre, estaba contenta.
“Una compañera que vino anoche me dijo que ese día andaba ella tan feliz, bailando y haciendo aeróbics, hasta les dijo que les iba a cobrar diez pesos por clase”.
Después vino el incendio.
Alicia se enteró por redes sociales.
“Yo sentí un dolor profundo en el corazón, un mal presentimiento, una angustia muy grande”.
No pudo ir inmediatamente al casino porque vive en Mazatlán. Además, explica, las trabajadoras permanecían incomunicadas durante sus turnos.
“Al entrar a ese lugar les quitan a todas el teléfono y lo meten en una caja. Las dejan incomunicadas. Cosa muy mal hecha, porque dejaba a sus hijos solos y por eso yo no podía comunicarme con ella”.
La noticia comenzó a circular entre las propias compañeras de Ana Alicia. Una de ellas logró recuperar su teléfono después del incendio y llamó al cuñado de la joven, esposo de una de sus hermanas, para avisarle que algo había pasado en el casino, aunque todavía no sabía exactamente qué.
El cuñado llamó entonces a Alicia y le pidió que intentara localizarla.
“Yo traté de marcarle a Ana… y me contestaron”.
Del otro lado respondió una mujer.
—“¿Flaca? ¿Estás bien?”
La mujer respondió:
—“No… no es flaca, está equivocado”.
—“No, no estoy equivocada, es el teléfono de mi hija Ana, pero yo le digo flaca”.
Entonces la voz cambió de tono.
—“Ah… usted es la mamá de Ana. A ella se la llevaron con una crisis nerviosa, pero está bien”.
“Me estaban mintiendo”, dice Alicia.
Después supo por otras compañeras que Ana Alicia se había desvanecido dentro del casino, intoxicada por el humo.
“Ahí se le intoxicaron sus pulmones y falleció”.
La familia comenzó a buscarla en hospitales.
“Yo le dije a mi hija que fuera a buscarla. Fue al Seguro y no estaba. Después le dijeron que estaba en el Hospital General de la salida a Imala y ahí la encontró”.
Ya había muerto.
“Le dijeron que sí estaba ahí, pero no herida, que ya había fallecido. Mi hija quiso entrar a despedirse de ella y abrazarla, pero ya no pudo porque se sintió muy mal cuando la vio toda llena de humo y toda sucia. Ya no pudo despedirse”.
Mientras eso pasaba, para ella la confirmación definitiva llegó por una llamada de una mujer desconocida.
“Me habló una señora que no sé ni quién es, mamá de una de las compañeras de Ana Alicia. Me dijo: ‘¿está sola?, porque le tengo que dar una mala noticia’. Yo le decía que estaba equivocada, que mi hija tenía una crisis de nervios nada más, que era una confusión. Pero me dio detalles y me confirmó que mi hija había fallecido”.
Alicia recuerda que perdió el control.
“Me puse histérica, a llorar, en crisis de nervios y tenía que venirme. Mi pareja me trajo esa misma noche. Él me ha acompañado en todo esto y eso ha sido muy importante”.
Habla despacio. A ratos se detiene.
“Ahora entiendo cuando la gente dice: ‘estoy muerta en vida’. No hay nada que te quite este dolor, es un dolor muy fuerte, no se puede describir”.
Luego habla de los hijos de Ana Silvia, de sus nietos.
Una joven de 18 años que estudia la preparatoria. Gael, de 14 años. Y Franco, de 10.
“Ella luchó mucho por sus hijos, por salir todos los días en turnos de noche para que ellos tuvieran un sustento. Yo no quiero que queden desprotegidos”.
La familia ya acudió a declarar ante la Fiscalía. Una abogada del trabajo de Ana Silvia se acercó a ellos y, hasta ahora, les han ayudado con los gastos funerarios.
“Nos han dicho que se le va a dar una indemnización. Ojalá sea algo digno que respalde a sus hijos”.
En los servicios funerarios comenzaron también a llegar antiguos compañeros de trabajo. Algunos coincidieron con ella en otros casinos que también habían sido atacados a balazos.
“Me están comentando que más de 100 personas, amigos de ella, van a ir a declarar para protegerla, para cuidarla, y que van a organizar una marcha para exigir justicia. También quieren hacer una cuenta para recolectar apoyo para los niños”.
Alicia escucha todo eso mientras intenta entender lo que pasó.
“Ya no sé ni qué decir. Tanta gente que está pasando por esto, tantas familias en desgracia, tantas personas muriendo por la violencia. Yo ya no sé ni de qué manera pedir justicia o que pare esto”.
Su voz vuelve a romperse.
“Desafortunadamente ahora me tocó a mí sufrir la pérdida de mi niña… no tengo palabras para describir esto. Ojalá se le haga justicia y que sus hijos no queden desamparados, porque eran toda su razón de ser”.
Ana Silvia ya había tomado una decisión antes del incendio.
“Ya no voy a luchar aquí, ya me cansé, ya me enfermé, ya no aguanto… eso me decía. Nada más estaba esperando que la liquidaran, que le dieran las utilidades o algo para poder irse”.
No alcanzó.
