Hubo un tiempo en que los dioses dejaron de hablar.
No porque hubieran muerto, ni porque los hombres hubieran dejado de creer en ellos, sino porque el ruido del mundo se volvió insoportable. Las máquinas, las guerras, los discursos, las pantallas, los mercados, los templos vacíos y las ciudades llenas de gente sola hicieron tanto escándalo que ya nadie pudo distinguir una voz antigua de una notificación cualquiera.
Los dioses, entonces, se retiraron.
No se fueron al cielo.
Se escondieron.
Uno se metió en una montaña. Otro en el agua de un pozo. Otro eligió una piedra, una de esas que los hombres patean sin mirarla. Hubo uno que se quedó a vivir en los ojos de los perros. Otro se ocultó en los sueños de los niños. Y alguno, acaso el más paciente, decidió esconderse dentro de las palabras.
Durante siglos esperaron.
Vieron cómo los hombres cambiaban de nombres a las cosas para fingir que también las habían cambiado por dentro. A la codicia le llamaron progreso. A la mentira, estrategia. A la crueldad, necesidad. A la soledad, independencia. A la ignorancia, opinión.
Y mientras tanto los dioses callaban.
Hasta que una madrugada, cuando todavía faltaba mucho para que saliera el sol, ocurrió algo.
Nadie escuchó trompetas.
No se abrió el cielo.
No cayó ningún rayo.
Simplemente, en algún lugar, un hombre cansado levantó los ojos de una mesa llena de papeles y sintió que alguien lo estaba mirando.
No había nadie.
La casa estaba en silencio.
Los perros dormían.
Afuera, la ciudad respiraba como una bestia fatigada.
El hombre volvió a mirar sus hojas. Había pasado años escribiendo sobre muertos, desaparecidos, corruptos, poderosos, pobres, criminales, santos y demonios. Había buscado la verdad en juzgados, archivos, carreteras, montañas y cantinas. Había aprendido que la verdad rara vez llega limpia: suele venir cubierta de sangre, polvo o miedo.
Pero aquella madrugada sintió algo distinto.
No era miedo.
Era presencia.
Entonces recordó una idea muy antigua: quizá los dioses nunca se habían marchado. Quizá solamente habían dejado de presentarse como dioses.
Quizá ahora llegaban disfrazados de coincidencia.
De número.
De fotografía.
De sueño.
De una palabra encontrada al azar en un libro.
De un desconocido que aparece exactamente cuando debía aparecer.
De una tormenta en medio del camino.
De un animal que mira fijamente hacia un sitio vacío.
De siete cosas que ocurren donde sólo debía ocurrir una.
El hombre abrió la ventana.
La madrugada tenía ese color extraño que existe unos minutos antes del amanecer, cuando el mundo parece no pertenecer todavía ni a la noche ni al día.
Y entonces vio algo que jamás pudo explicar.
Sobre los edificios, muy lejos, apareció una luz.
No bajó del cielo.
Subió desde la tierra.
Primero fue una línea.
Después una columna.
Finalmente pareció tomar la forma de una figura enorme, imposible, hecha de luz y sombra.
Duró apenas unos segundos.
Después desapareció.
El hombre no tomó ninguna fotografía.
Por primera vez en su vida de periodista, no buscó una cámara.
Simplemente miró.
Y comprendió.
Los dioses estaban regresando.
Pero no venían a gobernar.
Tampoco venían a castigar.
Venían a recordar.
A recordarles a los hombres que antes de las constituciones existieron las leyes del cielo; que antes de los gobiernos existió la conciencia; que antes del dinero estuvo la tierra; que antes de las ciudades estuvieron las montañas; y que mucho antes de que alguien inventara la palabra progreso, el universo ya llevaba una eternidad funcionando perfectamente.
El retorno de los dioses no sería una procesión.
Sería una revelación silenciosa.
Algunos comenzarían a encontrarlos en las piedras.
Otros en antiguas pinturas.
Algunos en las matemáticas.
Otros en las estrellas.
Los habría quienes los reconocerían en Cristo, otros en nombres antiquísimos, otros simplemente en una fuerza que no sabrían nombrar.
No importaba.
Los dioses nunca habían discutido por sus nombres.
Eso era cosa de hombres.
El retorno de los Dioses
Los dioses nunca murieron.
Eso fue lo que nos hicieron creer.
Los enterramos bajo iglesias, pirámides, ciudades, carreteras y libros de historia. Les cambiamos los nombres. Los convertimos en mitología, en superstición, en piedra arqueológica. Después nos reímos de ellos.
Pero cometimos un error.
Confundimos su silencio con su muerte.
Durante siglos permanecieron debajo de nosotros, mirando. En las montañas. En las cuevas. En los ojos tallados sobre las piedras. En esas figuras imposibles que nuestros antepasados dejaron mirando hacia las estrellas como si supieran que algún día alguien tendría que comprenderlas.
Y ese día quizá ha llegado.
Porque últimamente las señales se repiten.
Los números regresan.
Las fechas coinciden.
Personas que jamás debieron encontrarse se encuentran.
Profecías olvidadas comienzan a parecer recuerdos del futuro.
Y en algunos lugares de la Tierra, cuando cae la tarde y las montañas se vuelven negras contra el cielo, uno puede sentirlo:
algo está despertando.
No vienen en naves.
No bajarán entre relámpagos.
Los dioses regresan de la manera más terrible y maravillosa posible:
a través de nosotros.
La ciudad volvió a hacer ruido.
Pasó el primer camión.
Ladró un perro.
Alguien encendió una radio.
El hombre regresó a su escritorio y escribió cuatro palabras en la primera página:
EL RETORNO DE LOS DIOSES.
Después se quedó mirando la frase.
Tal vez era el título de una columna.
Tal vez de un cuento.
Tal vez de un libro.
O quizá era solamente una advertencia.
Porque desde aquella madrugada comenzó a sospechar algo todavía más inquietante:
los dioses no estaban regresando.
Ya estaban aquí.
