EL BALÓN RUEDA SOBRE CENIZAS Y FOSAS
El lenguaje ha claudicado en Jalisco. Palabras como «horror», «tragedia» o «barbarie» han sido tan manoseadas por la retórica oficial y el desfile diario de notas rojas que hoy resultan cascarones vacíos, adjetivos inútiles que no alcanzan a describir la magnitud de la desgracia humanitaria que devora al estado. Lo que acaba de ocurrir en Lagos de Moreno no es un eslabón más de la violencia; es la radiografía de un Estado que ha decidido edificar su modernidad y su fiesta sobre los cimientos de un exterminio silencioso.
El hallazgo de un macro-crematorio clandestino por parte del colectivo de Madres Buscadoras de Jalisco junto a su líderesa Cecý Flores fundadora del colectivo madres Buscadoras de Sonora, con las brasas todavía humeantes y el aire impregnado del olor a carne quemada, destroza cualquier intento de narrativa gubernamental. Mientras las palas de las madres desentierran fragmentos de cráneos y ropa civil entre cenizas aún calientes, la clase política de la entidad —con la mirada fija en el gobernador Pablo Lemus, el diputado Tecutli Gómez y el alcalde Edgar González— parece más preocupada por los reflectores, el turismo y el marketing del Mundial 2026 que por la crisis forense que tienen bajo los pies.
Hay una perversión intrínseca en la forma en que el poder gestiona el dolor en México. La estrategia ya no es pacificar, sino maquillar; no es buscar, sino contener el impacto mediático para que el capital no se asuste. La orden no escrita parece ser clara: que la tierra no hable hasta que el torneo termine. Pero la tierra en Los Altos de Jalisco tiene su propia voz y está expulsando la verdad a bocanadas de humo.
[ LA FICCIÓN EDITORIAL ] [ EL SUBSUELO REAL ]
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│ • Estadios de primer mundo. │ │ • Piletas de concreto para quemar. │
│ • Derrama económica e inversión. │ │ • Cenizas con restos de cráneos. │
│ • Jalisco ante los ojos del mundo. │ │ • Madres escarbando solas. │
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Este acontecimiento va a dar la vuelta al mundo no solo por la dantesca infraestructura de la fosa de incineración – funcionaba con llantas y alambres como carburante para acelerar la desaparición absoluta de seres humanos—, sino por la colisión frontal de dos realidades incompatibles: la fiesta futbolística internacional frente a la fosa más grande del país. La consigna social que empieza a tomar las calles de la región es demoledora para el poder: «El balón no puede rodar en Jalisco mientras los hijos sigan faltando». ¿Cómo se inaugura un torneo de la FIFA a escasos kilómetros de los hornos donde se calcina el futuro de una generación?
Gaza, Ucrania… el mundo mira con horror los frentes de guerra abierta, pero lo de Jalisco es una categoría distinta de espanto: es la violencia burocratizada por la impunidad, el exterminio artesanal que convive con el silencio cómplice de las instituciones que prefieren apelar a los tecnicismos legales antes que procesar con dignidad científica los restos de sus ciudadanos.
Callar ante este escenario es aceptar que la vida humana en el norte y occidente de México tiene menos valor que los derechos de transmisión de un partido. Si Lagos de Moreno va a dar la vuelta al mundo, que lo haga no como la anécdota de una región violenta, sino como el testimonio incómodo de que la verdad no se puede sepultar con cemento, ni maquillar con propaganda, ni tapar con un balón de fútbol. Al final, las manos en la tierra de las madres nos recuerdan que la memoria histórica siempre es más persistente que la amnesia oficial.
