
Ajo Blanco/Cuauhtémoc Villegas Durán
La historia no se repite, pero a veces rima. Para el analista político y el periodista de a pie, la tentación de usar etiquetas es grande, pero la responsabilidad de entenderlas lo es aún más. Hoy, una pregunta recorre las redacciones y los cafés: ¿Es Morena, y por extensión el Estado que hoy domina, un régimen fascista?
Si recurrimos a la definición clásica —camisas negras, partido único y corporativismo italiano—, la respuesta parece un “no”. Sin embargo, si aplicamos el concepto de Ur-Fascismo (Fascismo Eterno) acuñado por Umberto Eco, las coincidencias dejan de ser casualidades para convertirse en un patrón de gobierno.
- Nacionalismo y el “Enemigo Único”
El fascismo no sobrevive sin un enemigo. Eco señalaba que el nacionalismo fascista se alimenta de la “obsesión por el complot”. En la narrativa oficial de la Cuarta Transformación, este enemigo es el “conservadurismo”, los “aspiracionistas” o la “mafia del poder”. El nacionalismo no se expresa ya en la conquista de tierras, sino en la “soberanía energética” y la defensa de símbolos, utilizando la historia de México como una herramienta de exclusión: o estás con el pueblo (el régimen) o eres un traidor a la patria. - El Militarismo: El uniforme como solución
Usted, lector, ha visto la mutación en las calles. El fascismo glorifica la fuerza militar como la máxima expresión de la eficiencia estatal. En México, el avance de las fuerzas armadas no tiene precedentes: desde la seguridad pública hasta la construcción de aeropuertos, trenes y la gestión de aduanas.
Cuando el Estado traslada las facultades civiles a los cuarteles, no solo militariza la seguridad, militariza la administración pública. El mando militar no discute, obedece; y esa es la estructura ideal para un régimen que ve en el contrapeso democrático un estorbo. - El Capitalismo de Estado: ¿Socialismo o Capitalismo Salvaje?
Aquí es donde la tesis del usuario cobra fuerza. El fascismo histórico nunca fue socialista (aunque usara el nombre para atraer masas); fue un sistema donde el Estado intervenía para proteger a los grandes capitales amigos mientras destruía a los sindicatos independientes.
En el México actual, bajo el discurso de “primero los pobres”, vemos una concentración de riqueza en sectores específicos que no cuestionan al régimen. Es un capitalismo de compadres donde las licitaciones directas son la norma. El Estado no busca eliminar al capital, busca subordinarlo. La “austeridad republicana” ha servido para desmantelar instituciones civiles, dejando al ciudadano más desprotegido frente a las fuerzas del mercado y del Estado mismo. - El Culto al Líder y el Rechazo a la Crítica
El Ur-Fascismo se basa en el populismo cualitativo. El líder no representa al pueblo, el líder es el pueblo. Por lo tanto, cualquier ataque al líder es un ataque a la nación. Esta identificación emocional anula el pensamiento crítico. En las conferencias matutinas, no se debate con datos; se estigmatiza al disidente. Como decía Eco: “el desacuerdo es traición”.
Conclusión: ¿Etiqueta o Realidad?
Llamar “fascista” al gobierno de Morena puede parecer excesivo para algunos, pero los ingredientes están en la mesa: nacionalismo exacerbado, militarización de la vida civil, desprecio por las instituciones liberales y un control económico centralizado.
Más allá de la etiqueta, lo que enfrentamos es una erosión democrática que utiliza las herramientas de la democracia para vaciarla de contenido. Si el Estado mexicano ya es o no fascista, quizás sea una discusión para los historiadores del futuro; para nosotros, los que escribimos hoy, la señal de alerta es clara: cuando el poder deja de rendir cuentas y empieza a marchar, la libertad es la primera que se queda atrás.
