
AJO BLANCO
Por Cuauhtémoc Villegas Durán
Las mentiras de Sheinbaum la enredan: Chapultepec, la ONU y el cochinero forense
Desde los albores del pensamiento humano, la dualidad entre el bien y el mal ha sido el eje rector de nuestra conducta colectiva. Teólogos, filósofos como Immanuel Kant, sociólogos y antropólogos han concluido, a lo largo de los siglos, en una máxima inequívoca: la verdad es la piedra angular del bien, mientras que la mentira es el vehículo predilecto del mal. No es gratuito que en el terreno de la fe, el propio Cristo se definiera a sí mismo diciendo “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, posicionando la honestidad como una virtud divina. Sin embargo, desde la perspectiva médica y psiquiátrica, el uso compulsivo del engaño revela una patología aún más profunda: la mitomanía o pseudología fantástica. Clínicamente, el mentiroso patológico construye una realidad alterna y distorsionada para proteger su ego, evadir la culpa y autoconvencerse de sus propias fantasías debido a una incapacidad psicológica para afrontar los hechos reales.
En el México de este 2026, la presidencia de Claudia Sheinbaum —completamente adaptada a las exigencias de un sistema vertical y obligada a un estricto seguimiento político del legado de Andrés Manuel López Obrador, quien mantiene los hilos reales del poder y de Morena— ha optado por ese síntoma. Para el oficialismo, la mentira ya no es un recurso extraordinario, sino una conducta obsesiva y sistemática de gobierno; la salida automática para intentar justificar lo indefendible o para negar realidades tan oscuras como los nexos y complicidades de personajes como Rubén Rocha Moya. Cuando el dato duro los acorrala, la administración prefiere torcer la realidad y caer en el delirio institucional antes que asumir el costo ético y la salud mental de encarar la verdad.
A dos años de este gobierno, el guion oficial empieza a mostrar unas costuras tan desgarradas que ya ni la retórica de la continuidad alcanza a remendar. A la presidenta Claudia Sheinbaum la están enredando sus propias verdades a medias, sus omisiones y ese afán de descalificar al periodismo cuando las preguntas resultan incómodas. Los últimos días han sido una pasarela de contradicciones que van desde la ligereza con la que se dispone del patrimonio nacional, hasta la tragedia humanitaria que la ONU ya no está dispuesta a callar.

Empecemos por el Castillo de Chapultepec, donde la mandataria incurrió en una falsedad monumental que la propia legislación federal derrumba. Tras el revuelo por la cena de gala privada que el magnate de la FIFA, Gianni Infantino, presumió en sus redes sociales, la presidenta de México intentó salir al paso afirmando en su mañanera del pasado 18 de junio que el histórico inmueble se renta de forma habitual para eventos privados. “¿Quinceañeras, bodas o algo así? Tiene un monto, sí… Sí, tiene un monto para rentar el castillo”, declaró a la prensa para justificar el millón de pesos que desembolsó la federación de fútbol.
La afirmación es una mentira abierta que viola el marco jurídico. El Artículo 43 del Reglamento de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos (publicado en el DOF) es contundente: el uso temporal de estos espacios está condicionado de forma exclusiva a fines de “carácter estrictamente cultural, académico, cívico o científico”. Asimismo, los Lineamientos para el Uso de Espacios del INAH y el manual de operación del propio Museo Nacional de Historia especifican con claridad que las solicitudes para eventos sociales particulares o corporativos “no son consideradas bajo ninguna circunstancia”. Inventar bodas ciudadanas inexistentes para encubrir un favor a una corporación multimillonaria es una irresponsabilidad legal. Al permitir un banquete mercantil privado, la administración violó de origen el destino legal que la ley federal le impone a los bienes nacionales.
Más aún, El blindaje jurídico que la mandataria pisoteó no es una interpretación, sino un mandato específico para el recinto. Las Reglas de Operación del Museo Nacional de Historia (Castillo de Chapultepec), en estricta concordancia con el Artículo 12 de los Lineamientos para el Uso de Espacios del INAH, prohíben explícitamente el uso del inmueble para fines ajenos a la vocación institucional. El catálogo normativo del Castillo determina de manera literal que las solicitudes para la realización de eventos sociales particulares, bodas o banquetes corporativos de carácter mercantil y empresarial “no son consideradas bajo ninguna circunstancia”. Al inventar que cualquiera puede alquilar el Alcázar para sus festejos, la presidenta no solo mintió para encubrir el favor a los magnates del fútbol, sino que exhibió un desprecio absoluto por las propias reglas que protegen el patrimonio de la nación.
La doble moral del atril presidencial quedó al descubierto al observar cómo la mandataria mide con distintas varas a la prensa según el callo que le pisen. En la misma sesión, la periodista independiente Reyna Haydee Ramírez la acorraló a base de puro sarcasmo e ironía, cuestionando su asistencia a la gala de Chapultepec y preguntándole directamente qué se sentía estar “entre puros fifís” y magnates extranjeros. Ante la burla abierta, Sheinbaum prefirió mantener la compostura, sonreír para las cámaras y responder con total amabilidad que ella solo acudió a leer una cuartilla de bienvenida.
Sin embargo, la tolerancia se le terminó por completo cuando la reportera Dalila Escobar, de la revista Proceso, la cuestionó con rigor periodístico sobre la dolorosa realidad de las madres buscadoras que protestaban a las afueras de Palacio Nacional y el uso de presuntos esquemas de acarreo político para ensombrecer su reclamo. Ahí no hubo sonrisas. Incapaz de sostener el cuestionamiento sobre la crisis humanitaria, la presidenta reaccionó con una profunda irresponsabilidad, tajante y molesta: “No te voy a contestar eso… porque es una provocación y yo no caigo en provocaciones”. Tachó de provocadora a una periodista por el simple hecho de exigir cuentas sobre las víctimas. La prensa no provoca, presidenta; la prensa pregunta e investiga. Atacar la labor de quien indaga sobre los desaparecidos es el recurso de quien se sabe acorralado por la realidad y prefiere victimizarse.
¿De cuáles presuntos “avances” institucionales nos hablan? Mientras en la Mañanera se descalifica el cuestionamiento sobre las buscadoras, en las realidades de las mesas de trabajo —esas que conoce a la perfección Luisa María Alcalde desde su paso como secretaria de Gobernación con López Obrador y ahora en la operación legal del movimiento— la realidad desmiente las cifras alegres. Colectivos y activistas han expuesto una cifra de terror: el esfuerzo civil ha logrado rescatar más de 2,000 cuerpos de las garras del olvido en el terreno, pero una vez entregados a las autoridades, el propio sistema les pierde el rastro.
Las fiscalías del país operan como un auténtico hoyo negro forense donde los restos humanos se vuelven a desaparecer entre la burocracia, la negligencia y la colusión. Lo peor del caso es que el Ejecutivo se ha negado rotundamente a llevar a estas fiscalías al Congreso para ser intervenidas, legisladas y limpiadas de raíz, prefiriendo mantener intacto ese cochinero antes que tocar las estructuras de la impunidad.
Por eso la comunidad internacional ya no acepta los discursos de aparador. El Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada acaba de sentar un precedente histórico al activar su Artículo 34 contra México, remitiendo la crisis ante la Asamblea General por indicios fundados de desapariciones sistemáticas. La respuesta oficial, sin embargo, sigue siendo el desdén y el argumento de que bajo su mando ya no hay crímenes de Estado.
El enredo es total. Mientras el gobierno se envuelve en la bandera para rechazar el veredicto internacional y maquilla la realidad forense que se arrastra desde hace años, el suelo nacional sigue exhibiendo lo que no se puede tapar ni con discursos ni con los millones de la FIFA. El retrato de la administración actual queda nítido: un poder que tolera la ironía sobre los hombres de pantalón largo, pero acusa de provocadoras a las voces que le recuerdan que el país sigue buscando a sus hijos en la tierra.
