Niñas y niños en las fauces del crimen

Altares y sótanos/Ismael Bojórquez/Ríodoce
Escribe sobre los niños, le dijo Monsiváis. Javier le pidió el prólogo para su libro Malayerba y algunas de las crónicas tenían que ver con muchachos que se habían metido de sicarios antes de aprender a limpiarse el trasero —de hecho el primer capítulo se titula “Los niños de la sal”.
No era un problema de Sinaloa, sino del país. Aquí, pero también en Tamaulipas, en Jalisco, en Guerrero, en Michoacán… la incorporación de menores de edad a las filas del narco era una novedad dolorosa. También en uno de nuestros espejos, Colombia, ocurrió el mismo fenómeno, que a su vez inspiró a Fernando Vallejo para escribir La virgen de los sicarios.
En junio pasado, en Bogotá, un matón de apenas 14 años disparó a la cabeza contra el candidato presidencial colombiano Miguel Uribe, quien dos meses después murió por el daño que le causaron los impactos.
Años después del comentario de Carlos Monsiváis, en 2014, Javier Valdez nos regaló Los morros del narco, historias reales de niños y jóvenes en el narcotráfico mexicano —ahora caigo en cuenta que el autor de Entrada libre ya había fallecido—, donde retrata una realidad que para entonces ya nos parecía insostenible, protagonizada en gran medida por niños y jóvenes deslumbrados por el dinero, las armas y la sensación de poder que generan en sus manos.
Nada ha cambiado desde entonces, por el contrario. Ni allá ni acá. El 1 de noviembre pasado, un joven de 17 años, Víctor Manuel Ubaldo, asesinó a balazos a Carlos Manzo, quien era alcalde de Uruapan, Michoacán.
Podemos contar dos décadas en las cuales los ejércitos de los cárteles de la droga están conformados en buena medida por niños, incluso niñas. Sobre todo en algunas áreas del negocio, ser niño o muy joven facilita sus tareas. En el halconeo, por ejemplo. Todavía hace un año, algunos punteros en motocicleta que vigilaban los movimientos del ejército en Culiacán, hasta el uniforme de la secundaria portaban. Ahora ya no se ven porque, o los mataron los bandos contrarios, o les dieron un rifle y ahora son sicarios. También son muy eficaces en el narcomenudeo.
De acuerdo a números de la fiscalía estatal, del 1 de enero al 5 de noviembre de este año han asesinado a 54 menores, han detenido a 16, y han levantado a 144. De estos últimos, 78 han sido localizados con vida y seis fueron asesinados. De los 60 restantes, no se sabe nada.
Pero esto es solo una parte de la brutal estadística criminal sobre menores, la otra, tal vez más escalofriante, la tiene la FGR, porque la fiscalía estatal solo registra datos relacionados con delitos en los que tiene competencia, es decir, no federales.
El gobierno ha impulsado programas sociales para tratar de que los jóvenes mayores de 18 años que no estudian ni trabajan tengan acceso a un ingreso durante 12 meses. Y que se capaciten en algo que les sirva a futuro. Se han gastado miles de millones de pesos en esos programas cuyos resultados nunca se han evaluado.
Pero hay una franja entre los 10 años y los 18 donde los niños y adolescentes dependen en su mayoría de padres que viven en la pobreza, o de la madre soltera o simplemente sola, generando ambientes propicios para la desviación de los niños y jóvenes hacia actividades delictivas. La desintegración familiar y la pobreza son dos de las causas que inducen a los niños hacia el crimen organizado. La ignorancia también.
Pero hay una razón fundamental en esto y es que el Estado mexicano le ha fallado a esos niños y niñas. Falla cuando no tiene alternativas de educación y empleo, cuando no atiende la pobreza y la descomposición familiar, cuando no protege los derechos de los niños, cuando no aplica eficaces medidas preventivas. Muchos de ellos, según estudios académicos, se integran al crimen organizado por la violencia que sufren en el seno familiar, violencia física, psicológica y muchas veces hasta sexual. Y así por ello, antes de ser victimarios fueron también víctimas.
Cuando la narcocultura llega a los niños a través de la música, los videos, las redes sociales, las modas, la ropa, los accesorios, gorras y malverdes, encuentra en ellos un campo tan fértil que no solo no se resisten, sino que se esmeran por ser integrados a las organizaciones criminales.
Bola y cadena
EN SU PRÓLOGO A MALAYERBA, Monsiváis llama la atención sobre cómo las formas de vida (violentas) se imponen brutalmente y que, siendo observadas por los niños resultan, por más monstruosas que les parezcan, naturales. Los niños normalizan la muerte; en sociedades como las nuestras, su entorno social está hecho de violencia y de muerte; no les importa por ello morir y menos matar. Lo hacen porque entienden que el mundo es así.
Sentido contrario
LOS NÚMEROS SON CONTUNDENTES, mientras los delitos se triplican, el presupuesto estatal para seguridad aumenta solo el 13.6 por ciento. Cuando se aprobó el presupuesto 2025, tanto el Ejecutivo como el Legislativo sabían que se requerirían más policías, más armas, más equipo, más forenses y policías de investigación, porque había iniciado una narcoguerra. Y aquí tenemos que, con el incremento de la violencia, aumentaron también los niveles de impunidad. En estas semanas habrá de aprobarse en el congreso estatal el presupuesto 2026, y ya se sabrá de qué están hechos nuestros legisladores.
Humo negro
POR LO PRONTO, A NIVEL NACIONAL la Cámara de Diputados aprobó el presupuesto 2026, quitándole recursos al Poder Judicial y a la FGR en tiempos en que la violencia acrecentada hace que estas dos dependencias incrementen su ritmo. Pero con esos bueyes hay que arar.
