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Matar a sangre fría, crónica de la impune ejecución de cuatro mujeres en Culiacán 

Ríodoce/Ricardo González.- Sobre la banqueta, afuera de una guardería canina en las inmediaciones del mercado Rafael Buelna, en Culiacán, hay dos arreglos florales y siete veladoras blancas encendidas. No hay acordonamiento, y hace horas se han ido los peritos. A un costado sobre el pavimento, y pese a los esfuerzos por borrarla, permanece la mancha de sangre seca, marcando el lugar donde comenzó el horror.

Investigación criminal

La noche del lunes 27 de abril, un hombre se acercó caminando mientras hablaba o simulaba hablar por teléfono, y disparó a corta distancia contra dos mujeres que se encontraban sentadas afuera de una tienda de mascotas llamada Luna Pets.

Tras asesinar a las dos mujeres, el hombre se dio vuelta y comenzó a disparar contra una camioneta Ford Ranger de color blanco, estacionada frente a la tienda con la tapa de la caja abierta. Se acercó a la cabina y asesinó a Karely de 41 años de edad, y a su hija Itzel de 22.

El ataque fue directo, breve y brutal. De acuerdo con videos filtrados de cámaras de seguridad, testigos y testimonios, el asesino actuó solo y se retiró del lugar caminando frente a decenas de testigos, sin que nada ni nadie lo detuviera. No funcionaron los cuadrantes, los múltiples retenes que colapsan el tráfico, ni la presumida coordinación en el grupo interinstitucional.

Testigo y testimonio

A unos metros del altar improvisado por los comerciantes de la zona, un trabajador del negocio de Shara Elizabeth—una de las víctimas y quien era la dueña de la tienda de mascotas— observa la escena. Elige no decir su nombre pero accede a relatar la masacre, estuvo ahí cuando ocurrió todo.

“Yo trabajaba, bueno trabajo, ahí con Sarita. El señor de la camioneta blanca le había traído una lavadora que ella había mandado reparar, y ella me pidió que le ayudara a meterla al negocio, las otras dos muchachas venían con él y se quedaron en la camioneta a esperar al señor, eran como las ocho de la noche”, recuerda.

Aunque su relato es preciso, su voz es muy baja, apenas perceptible.

“Metimos la lavadora, y en eso cuando estábamos en el patio se escucharon los balazos. Yo regresé y me topé de frente con la pareja de la Sarita que venía corriendo, y ella fue la que me dijo que la habían baleado, a ella y a la Teresa”, relató.

—Me dejé ir para la calle y antes de llegar a la puerta vi cuando le estaba tirando a las muchachas de la camioneta. Me esperé tantito, y cuando se fue, le empecé a gritar que se pasó de lanza, que ellas qué culpa tenían.

Dice que el hombre reaccionó.

“Se quiso regresar, y me tiró como tres o cuatro balazos pero no me pegó, le pegó a la cortina… ahí están los balazos en la cortina de la joyería donde vivía la Sarita. Era uno solo, iba a pie, les disparó así de cerquita. La “China” ni cuenta se dio de lo que pasó, pero la otra muchacha sí alcanzó a reaccionar”.  Hace una pausa. “Les disparó y se fue caminando el cínico hijo de su perra madre, ahí donde está la cenaduría se dio vuelta”.

Intentaron seguirlo.

“Lo quisimos seguir por arriba de las casas para ver dónde se metía, pero lo estaban esperando en un carro, y se lo llevaron”.

El joven, de aproximadamente 25 años, es nativo de Guadalajara, dice que se fue porque la violencia de los de allá había puesto las cosas muy difíciles. Su objetivo era llegar a los Estados Unidos, pero ahora cruzar está muy difícil. No llegó a la frontera, se quedó en Culiacán, donde en medio de la violencia encontró una manera de sobrevivir.

“Ella me trataba muy bien, me apoyaba en todo, me ayudaba mucho. Hubiera preferido que me hubiera pegado a mí el balazo en vez de a ella… la neta no se merecía que le hicieran eso”.

Luego apunta a lo que no vio.

KARELY E ITZEL. Madre e hija, en el lugar equivocado.Mercadillos y mercados

“El Ejército había pasado como 15 minutos antes de que mataran a la Sarita. Ahorita hay militares en todos lados, pero cuando pasa algo aquí, nunca están. No había nadie cuando mataron a uno ahí en el Hotel el Descanso, y a otro en la cenaduría de ahí arriba, ahí a un lado de la gente que estaba cenando lo mataron”, recordó.

Una mujer también presente cuando ocurrieron los hechos, refuerza el comentario, dice que llamaron a la ambulancia y que tardaron mucho en llegar, que una de las muchachas en la camioneta se estaba ahogando y no llegaba la ayuda.

“Siempre se tardan mucho. Hace unas semanas, mataron a una amiga aquí en el centro. El que la mató estaba dentro de un hotel esperándola en los sillones y cuando ella llegó nada más se salió y le dijo: te dije que te iba a encontrar hija de tu puta madre y le disparó”, recuerda.

“A mí me tocó hablarle a la ambulancia y tardó como 15 minutos en llegar, me decían que la volteara porque se estaba ahogando, así como la muchacha de la camioneta, pero yo no quería tocarla, ahí quedó la pobrecita”, lamenta.

Se refiere al asesinato de una mujer a las afueras de un hotel y un centro nocturno ubicados por la calle Vicente Guerrero y Francisco Villa, a pocas cuadras del lugar. La mujer, más tarde identificada como Sandra “N”, fue ejecutada el pasado 9 de abril a las 12:30 del día, de siete disparos. La muerte se entremezcla en los relatos.

Al día siguiente, las veladoras 

Un hombre de mediana edad enciende las veladoras ante la mirada disimulada de los transeúntes y una joven estudiante del Cobaes que se ha detenido a esperar el transporte público justo al lado del improvisado altar. El hombre dice que conocía a Shara y accede a hablar pero sin revelar su nombre.

Shara no llevaba mucho tiempo en ese lugar. Había regresado meses antes de Estados Unidos, donde trabajó en Phoenix para reunir dinero. De acuerdo con una persona cercana, buscaba ordenar asuntos notariales y poner en regla propiedades que había heredado recientemente en la zona del mercadito. No era hija directa de los antiguos dueños, sino nieta de una familia que durante años tuvo varios locales en ese sector.

Además de la tienda de mascotas donde ocurrió el ataque, también era propietaria de la joyería contigua, “La Sin Rival”. En la parte superior había acondicionado un pequeño departamento donde vivía. Quienes la conocían la describen como una joven emprendedora que estaba empezando de nuevo, invirtiendo en el negocio y tratando de acomodarse.

“No se metía con nadie, era una niña… muy trabajadora. Hace poquito abrió el negocio, se llevaba muy bien con todos. Nada que ver lo que le pasó. Aquí nos la llevamos todos, todos nos conocemos”, lamentó.

A Teresa, la mujer asesinada junto a Shara, al frente del local, la ubicaba por ser vecina de la zona, casada y madre de una niña.  De las otras dos víctimas, Karely e Itzel —madre e hija—, dice que no las conocía. Se quedaron esperando en la camioneta mientras el hombre que las acompañaba bajaba la lavadora.

“Ellas venían con él… se quedaron allá en la camioneta. Y el otro vato, yo creo que vio movimiento y fue y les tiró también”, añade.

Frente a la escena, un comerciante levanta la cortina de su local en el que quedaron ocho perforaciones por disparos de arma de fuego. Su negocio se ubica frente a la tienda de Mascotas Luna Pets, donde la camioneta blanca Ford Ranger estaba estacionada, y donde fueron asesinadas a sangre fría una madre y una hija. Se le pregunta si quiere reservar su identidad, y responde firme: Me llamo Rafael Canale.

“Una cosa muy terrible. Muy indignante —dice—. Aquí nos conocemos todos, no te voy a decir que somos una gran familia, pero nos ubicamos. Quedó todo grabado, hay muchos negocios con cámaras porque se meten a robar, y ahí se ve pues, como todo el mundo ha visto ya, lo que hizo ese animal”, lamenta indignado.

El altar no estaba planeado.

“Decidimos poner unas veladoras para las muchachas. Es el reflejo de lo que estamos viviendo desde hace más de 500 días. Es lamentable que las autoridades sigan diciendo que todo está bien, que no pasa nada. Si usted nos pregunta a nosotros… nos está cargando la chingada”, reclama.

A sangre fría 

Un solo agresor, cuatro mujeres, un ataque directo. Sin enfrentamiento. Sin obstáculos, a sangre fría y con total impunidad. En el mercadito, la actividad sigue a medias. Algunos locales abren, otros tal vez mañana. Sobre la calle Juárez, a una cuadra del lugar, militares montaron un aparatoso retén y revisan vehículos, varios elementos se han apostado a pie entre los comercios, llegaron tarde.

Ven lo mismo que todos, una mancha necia en el pavimento, las veladoras encendidas, las flores.

“Esto le puede pasar a cualquiera —dice Rafael Canale—. A usted, a mí, a su familia”.

Le da una última calada a su cigarrillo, y arroja la colilla sobre la acera frente a su negocio, dónde hay una mancha roja seca con coágulos de sangre, y unos lentes rotos que nadie sabe a quién pertenecen.

—Mire cómo vivimos… que pinche tristeza.

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