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El Raffles en Las islas Marías. Foto: Propiedad de Objetivo7.
El Raffles en Las islas Marías. Foto: Propiedad de Objetivo7.
Objetivo7/Cuauhtémoc Villegas Durán. Foto: Banco de datos Objetivo7.

Con su nuevo escape, Joaquín el Chapo Guzmán entra al grupo de escapistas mexicanos famosos que en su tiempo fueron también motivo de portadas en diarios como el EL Universal y El Excelsior, como en el caso de Alexander Hernández Hernández El Raffles Mexicano y y años antes Chucho el Roto famoso por su disfraces con los que robaba y escapaba.

En el libro Manos de Seda, la fantástica historia de un ladrón, Cuauhtémoc Villegas en el capítulo I llamado Un mito Breve: Decían que el diablo le ayudaba a escapar de las cárceles e incluso, existe el mito de que él fue el prisionero que junto a otros dos, escapó de la cárcel de Alcatraz en la bahía de San Francisco, California, ya que es el único prisionero de que se tenga memoria, haya sido famoso por sus escapes y sus habilidades que para robar y escapar superaron (1) a su supuesto maestro Chucho el Roto.

En el blog El Lago Escondido se habla del escape de El Raffles en una supuesta entrevista que concedió “que emergen como capullos porcelanizados de magnolias o alcatraces”, (4)…

No escapó sin embargo de la isla de Alcatraz, según la página oficial del FBI:

“El 12 de junio de 1962, el chequeo de rutina a principios cama por la mañana resultó ser todo lo contrario. Tres presos no estaban en sus celdas: John Anglin, su hermano Clarence y Morris Frank. En sus camas, se construyeron ingeniosamente cabeza maniquí de yeso, pintura de los tonos piel y el cabello humano real que, aparentemente, engañó a los guardias de la noche. La prisión fue a cerrar, y comenzó una intensa búsqueda” (3).

Cuando escapó de la memorable cárcel de Belem, propició su cierre.

Escapó de la policía y la cárcel de Belem en la ciudad de México, del penal de Oblatos en Guadalajara, de un vagón-cárcel villista, la cárcel de Colorado Springs, de la cárcel de San Quintín en California San Quintín (Considerada como la prisión más violenta de los Estados Unidos y una de las mas emblemáticas en el mundo, la cárcel de San Quintín as encuentra a 20 kilómetros al norte dela ciudad de San francisco en la bahía de mismo nombre lo que le da un a vista privilegiada sobre el mar además de ser enorme , 236 hectáreas es una de las más antiguas fue inaugurada en 1853 ha albergado a personajes como Charles Manson, de allí escapó el Raffles (6), de un campamento de trabajo de reos en una carretera de Texas. Estuvo preso en el Palacio Negro, las Islas Marías.
Lo que según en platicas con una de nuestras entrevistadas si es cierto, es que una ocasión fueron por él a la cárcel para que abriera la caja Banco de México, porque el cajero que sabía la combinación había muerto.

Estuvo en el Palacio Negro de Lecumberri donde ayudó a escapaa a un griego y donde fue el fotógrafo oficial al igual que en las Islas Marías y sus fotografías dan muestra de la calidad de un fotógrafo a la altura de cualquier otro de la época.

No era para menos, poliglota, estudió pintura en Nueva York en la época de los 20s y un actor que intentó ganarse un lugar en la historia del cine a donde llegó a hacerlo, logrando trabajar de extra en la meca del cine, lo que lo marcó como artista dejando algunas pocas obras fotográficas, pero bastantes de su persona disfrazado como Pedro Infante, mujer, fotógrafo, turista.

Reos, indígenas, celadores en posición de firmes, en El Palacio Negro de Lecumberri o desparpajados en el aún existente penal de las Islas Marías, el barco Tres Marías, Xochimilco y hasta una foto de la madre Conchita, acusada de ser la autora intelectual del magnicidio del general Álvaro Obregón en el café La Bombilla a manos de León Toral, crimen que asegura Raffles, ella jamás cometió, ya que llegaron a ser amigos en las islas.

De Chucho el Roto escribió Héctor de Mauleón al compararlo con el Raffles: “Durante cerca de setenta años esta cárcel de ofició como uno de los sitios más crueles y temidos de México. Se trataba de un viejo colegio novohispano al que la acción desamortizadora de la Reforma había convertido en cárcel pública en 1862, y que Justo Sierra consideraba <<magnífica escuela de delincuentes, gratuita y obligatoria, sostenida por el gobierno>>. Pensada para albergar un máximo de seiscientos reos, hacia 1890 alojaba a casi siete mil infelices que por las noches se hacinaban en los <>: dos cavernas húmedas, en cuyo centro solían alzarse dos barriles, uno relleno de agua y otro de desechos nocturnos (24).
Las condiciones sanitarias del presidio eran tan precarias que incluso el periódico El Tiempo llegó a solicitar la libertad de los prisioneros, <>. En una ocasión, el alcalde le negó la entrada a un reportero extranjero, <>. Por un reportaje que Heriberto Frías escribió en 1895, y que en abril de ese mismo año fue publicado en las páginas de El Demócrata, sabemos que los dormitorios estaban infestados de pulgas, que las ratas aparecían flotando en el caldo que impedía a los prisioneros la muerte por hambre, y que <>, así como la tifoidea y la tuberculosis, eran epidemias obligadas del encierro (24).
Las autoridades decían que era imposible fugarse de ahí: el cuerpo de celadores estaba reforzado permanentemente por un destacamento federal compuesto por más cien de hombres. Con todo, varios personajes que luego ocuparon lugar estelar en la historia criminal del país lograron escapar de la institución. Una tarde de 1880, tocado con el sombrero y enfundado bajo el abrigo de un visitante, el célebre Jesús Arriaga, más conocido como Chucho el Roto, cruzó la puerta principal del presidio y desapareció entre la gente que caminaba bajo los arcos cercanos. También escaparon de ahí, primero en 1913 y luego en 1915, el delincuente español Higinio Granda y algunos de los testaferros que más tarde integraron la Banda del Automóvil Gris: esa organización criminal estrechamente vinculada al carrancismo, que por dos años consecutivos sembró el terror en la capital y estuvo integrada por hombres que no se conocían entre sí -y a los que un jefe invisible proveía de uniformes y documentos oficiales (24).

La fuga más espectacular se verificó, sin embargo, el 13 de febrero de 1932. Al siglo XX le quedaba un largo camino por recorrer, pero los diarios no vacilaron en calificarla como <>. Su protagonista fue Roberto Alexander Hernández, un hombre que llegó a la gloria por la puerta trasera y se convirtió, durante un tiempo, en uno de los personajes más célebres de México. A finales de 1931, tras una novelesca serie de robos, detenciones y evasiones, Alexander engrosó la fiera población de la cárcel de Belén. El alcalde de la prisión, Alberto Cuevas, lo remitió al fondo de una galera cercada por rejas, cerraduras y candados, y vigilada las veinticuatro horas por varios centinelas <>. El Raffles soltó entonces una fanfarronada (24):

-No he de permanecer mucho tiempo en este sitio. En cuanto tenga oportunidad, me fugaré.

Tres meses más tarde cumplió su promesa. No se presentó a la lista. Lo buscaron en los patios, los baños y las celdas. Lo único que se supo fue que la tarde anterior había rematado entre los reclusos sus únicas pertenencias: un cepillo de dientes, un tubo de pasta dental y un cobertor mugriento.

A la mañana siguiente, escandalizaba Excélsior:

El habilísimo sujeto que ha copiado en la vida real las aventuras de Arsenio Lupin, con su claro talento y sus habilidades naturales […] preparó una fuga digna de figurar en la literatura de un autor de novelas policiales [y desapareció] quién sabe a qué hora, de la prisión de Belén […] Activamente lo buscaron por todas partes nubes de policías comisionados con este objeto. Pero no aparece por ninguna parte, y sólo se ha encontrado una pista, que parece la más probable y lógica: que logró levantar el vuelo en los campos de aviación de Balbuena a bordo de un aeroplano civil contratado al efecto.

Si sus robos ocupaban las planas principales de los diarios, su desaparición no se permitió menos. La ciudad se sacudió con las aventuras del nuevo Arsenio Lupin, mientras en Belén las cosas eran resueltas a la mexicana. El alcalde Cuevas entregó a los periodistas la cabeza de uno de los celadores, a quien acusó de haber facilitado la fuga a cambio de diez mil pesos. En tanto, informes recabados por Excélsior señalaron que, mientras el alcalde Cuevas se encolerizaba y la policía comenzaba a husmear en las esquinas de costumbre, Alexander se paseaba a todo lujo por Avenida Juárez, e incluso <<hacía visitas en los salones del Hotel Regis>> (24).