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La huelga general que sacudió esta semana Argentina, convocada por centrales obreras opositoras, no dejó ni ganadores ni perdedores: un “empate técnico” entre el Gobierno y los sindicatos que hace prever un aumento de la conflictividad.

La medida de fuerza fue “contundente” para los huelguistas, que afirman que el nivel de adhesión fue del 85%, y una mera protesta “política” para el Gobierno de Cristina Fernández, para el que la huelga no tuvo ningún impacto en el sistema productivo ya que, según sus cálculos, entre el 55 y el 80 % de los argentinos fue a trabajar.

Una batalla retórica para intentar darse por ganadores, un diálogo de sordos de dos actores con problemas de imagen y representatividad.

La huelga tuvo un impacto menor a la realizada en abril pasado por la decisión del gremio de los conductores de autobús de no adherirse al paro, una determinación que, según las centrales opositoras, estuvo motivada por “presiones” de parte del Gobierno.

“Fue una medida de fuerza más débil que la de abril, pero el Gobierno también está más debilitado por la coyuntura económica, que empeoró fuertemente. Con lo cual hay un empate técnico de dos actores que llegan más debilitados”, dijo a Efe el experto Patricio Giusto, de la consultora Diagnóstico Político.

Para él, el Ejecutivo de Fernández tiene muchos problemas entre manos: la crisis de deuda por el litigio con los fondos buitre, el dólar en fuerte ascenso y una inflación descontrolada.

El movimiento sindical tradicional también tiene los suyos: fracturado en cinco sectores -dos oficialistas y tres opositores-, con direcciones desgastadas y desacreditadas.

Con este río revuelto, los pescadores que se llevan la ganancia son las fuerzas de izquierda más combativas, que avanzan entre los jóvenes y entre las bases obreras de las fábricas.

Precisamente, este sector decidió apoyar la huelga de esta semana, con un “aporte” que, según Giusto, tuvo más peso y efectividad que la propia adhesión de los sindicatos opositores: los famosos “piquetes”, que complicaron los desplazamientos a los lugares de trabajo, aún cuando había servicio de autobuses.

“De vuelta la izquierda es protagonista. El sindicalismo tradicional se está viendo debilitado por el crecimiento de los delegados gremiales del Partido Obrero y del Movimiento Socialista de los Trabajadores, que son totalmente opuestos al sindicalismo peronista”, apuntó Giusto.

Este avance se apalanca en varios factores, como una mayor unidad interna dentro del frente de izquierda, un desencanto de los jóvenes con el kirchnerismo luego del romance inicial, un fuerte descontento entre las bases gremiales con el liderazgo de los caciques sindicales aferrados a sus sillas y una situación económica en deterioro que abona los discursos combativos.

Ante las jornadas de protesta, la reacción del Gobierno ha sido minimizar el impacto de la huelga, cuestionar la representatividad de las centrales opositoras, ratificar que no hará los cambios demandados por los huelguistas y negar que exista inflación y destrucción de puestos de empleo.

“Estamos ante un peligroso punto muerto, donde ningún actor es capaz de sentarse a negociar con el otro. El sindicalismo quiere presionar. El Gobierno no quiere escuchar, no le interesa ese sector, cuyo antiguo apoyo ya dio por perdido. Pero el Gobierno es débil, lo que genera una situación de creciente ingobernabilidad”, advirtió Giusto.

Esta creciente conflictividad se hace sentir en las calles, con constantes y cotidianas protestas de distintos sectores, un peligroso caldo de cultivo para la violencia social, que podría condimentar el complicado panorama electoral que se dará en 2015.