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"Popeye": vivir muerto. Foto: Getty Images.
“Popeye”: vivir muerto. Foto: Getty Images.

El último de los lugartenientes vivos de Pablo Escobar, el hombre que asesinó con su mano a más de 250 personas; vive aislado en uno de los patios de la cárcel de Cómbita y en dos años sale libre.

 

 – El Patrón -confiesa- me pidió que me la “bajara”.

La vuelta más berraca que le mandó hacer Pablo Escobar fue matar a su mujer. “Yo la quería con toda mi alma”, suspira Popeye. Wendy Chavarriaga Gil era su mujer oficial, una modelo espectacular, del otro mundo. Una mujer a la que las piernas le salían de la nuca. Sabía hablar, sabía sentarse, sabía comer. Tenía “glamour”. Llevaban varios meses juntos y al sicario más sanguinario del Cartel de Medellín no le importaba que ella hubiera sido una de las tantas amantes de Pablo Escobar ni que hubiera estado a punto de ser madre de un vástago de su jefe. “Ella -recuerda- quedó embarazada de él por la plata, pero el Patrón no quiso saber nada de eso y le mandó a dos pelaos y a un médico para que le sacaran al muchachito”. Wendy se fue de los predios de Escobar, y para vengarse se convirtió en informante del Bloque de Búsqueda que en ese momento perseguía a la organización del capo. Popeye sólo sabía la mitad de la historia y estaba enamorado, “la amaba profundamente”, dice, tal vez por eso no fue capaz de matarla:

-Yo le puse una cita y le mandé cinco sicarios para que acabaran con ella -confiesa.

John Jairo Vásquez Velásquez es, por seguridad, el único habitante del Pabellón de Recepciones, el lugar de llegada de los presos de máxima seguridad, de la cárcel de Cómbita, Boyacá, donde se encuentra detenido desde hace siete años. Sólo habla con los guardias que lo cuidan y con las trabajadoras sociales que le dan clases sobre la Biblia o de educación sexual y con las que ha acumulado ya doce diplomas que guarda en una carpeta plástica con orgullo. Para llegar a su celda tenemos que pasar por cinco puestos de seguridad con escáneres, más tarde nos sientan en un trono que parece una silla eléctrica que detecta metales, y tenemos que quitarnos joyas, relojes, correas y plata. Todo se queda afuera… “aunque aquí no hay ladrones”, dicen en chiste los guardias. Me salvé de la requisa respectiva a las mujeres -casi ginecológica-, por ser prensa, pero la guardia me requisó con los guantes de rigor. La cárcel tiene ocho pabellones y entre sus moradores hay 120 extraditables y 2.500 presos considerados de alta peligrosidad, entre ellos guerrilleros y paramilitares. Las paredes de Cómbita son de cemento crudo, el cielo de los patios está cubierto con rejas y la temperatura adentro, en ocasiones, se mide en grados bajo cero.

El pabellón donde vive el único sicario vivo de Pablo Escobar, es un espacio de 30 metros cuadrados con 20 celdas de 2 x 2 m, donde generalmente pasan sus días y noches algunos narcotraficantes a la espera de que el gobierno autorice su extradición. Pero hoy “Recepción” está vacío, no por falta de narcotraficantes de gran calado, sino porque las autoridades penitenciarias prefieren que “Popeye” esté solo para evitar un atentado en su contra. El Estado lo protege porque es testigo de hechos que marcaron la historia trágica de este país. Lo protege, además, porque desde hace años el ex sicario está colaborando con la justicia en el esclarecimiento de algunos de esos hechos. “Yo colaboro en procesos judiciales como la muerte de Luis Carlos Galán (1989), la del periodista Guillermo Cano (1986), la voladura del avión de Avianca (1989) y el asesinato del agente de la DEA Barry Seal (1986), entre otros”, dice.

El cuarto de Popeye está limpio y ordenado. Para evitar los chiflones y no congelarse, tapona con una cobija las rejas y con otra la rendija debajo de la puerta, que se abre siempre a las seis de la mañana y se cierra a las seis de la tarde. La cama la tiende con tres cobijas de lana virgen, gruesas y duras, grises y cafés y bien dobladas una sobre la otra. Tiene una repisa de plástico con tres cajones de colores donde guarda sus pocas pertenencias. Siempre se viste por capas y se pone  tres camisetas y un buzo. No le gustan las chaquetas. No usa ropa de marca y siempre se pone tenis y jeans. Tiene un par de chanclas y una pantaloneta para hacer ejercicio. Lava la ropa y la seca en una cuerda en el patio. Se distrae viendo películas en un usado televisor de 20 pulgadas y un DVD. Cuando llegamos estaba viendo a Tom Hanks en Ángeles y Demonios. Lo único de su propiedad es un colchón de cinco centímetros de espesor, veinte platos plásticos, 26 vasos, un juego de cubiertos, una cafetera donde artesanalmente calienta la comida que le proporciona el penal, una Biblia, la última revista Aló, algunos libros religiosos y un rosario que cuelga de una de las paredes. Estaba tan mamado de la serie colombiana Padres e Hijos que dijo: “Me dan ganas de matar a ésa Daniela”.

Las películas de acción lo aburren porque como dice con orgullo de matón,  él hizo más de lo que generalmente hacen los actores en la pantalla. -Aquí -afirma con los ojos en el patio- he compartido lugar con los más respetados narcotraficantes. En las celda trece y catorce estuvieron mis enemigos, los hermanos Miguel -que tenía una casa con cancha de tenis y en la que tratamos de matarlo- y Gilberto Rodríguez Orejuela. Un día que lo visitaban sus hijas en la cárcel, Miguel me dijo: “Vení, mompa, mirá: éstas son las niñas que ibas a matar”. En la quince estuvo Víctor Patiño Fómeque. En la seis, los jefes de las Farc Simón Trinidad y Rodrigo Granda. En la dieciocho, “Don Berna” (Diego Fernando Jaramillo), que fue mi peor enemigo, pero cuando llegó aquí nunca hablamos de lo que pasó, hasta le ayudé, le di una cobija y un saco. También estuvo “Don Diego”, que era un excelente ser humano; en la diecinueve, “Carlos Mario Jiménez” (Macaco), y en la veinte, Hernando Gómez Bustamante (alias Rasguño). Con todos me las llevé bien, menos con el perro de Rodrigo Granda, que es el peor ser humano que he conocido. Ese man está loco. Es una porquería. El muy desgraciado se creía el jefe de Cómbita.

Para Popeye hay sutilezas y códigos de ética:

-Jamás asesinamos a alguien que estuviera con un niño -afirma-.

Respetábamos a las mujeres de nuestros compañeros y ante todo teníamos lealtad. El narcotraficante y el asesino son muy buenos padres de familia. Como viven rodeados de tanto odio, cuando llegan a la casa tienen mucho respeto por la mujer y por los niños. Mire a Pablo, adoraba a Manuela, su muñequita, hizo construir el zoológico para ella, la llevaba a todas las caletas, una vez quería un unicornio y consiguió una yegua y le mandó pegar un cacho en la frente. Y doña María Victoria Henao, doña Tata, su esposa, era una santa, no sabía nada de crímenes, era tan buen ser humano que cuando supo que había matado a  Wendy me dejó de hablar como por quince días y cuando me veía me decía: “Ayyy… Pope”.