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​Villegas, frente a su obra El Fantasma de la ópera, título otorgado por Carlos Payán Velver y editada para La Jornada por Pedro Valtierra en 1995. En la foto principal Toño y su jefe de prensa. Fotos: María Teresa Escobedo/Cuauhtémoc Villegas Durán/Objetivo7fotógrafos.

Cuauhtémoc Villegas Durán/Ajo Blanco

“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece.”

“Dichosos serán ustedes cuando por mi causa los insulten, los persigan y digan toda clase de mal contra ustedes, mintiendo.” (Mateo 5:11).

Hay rostros que se visten de democracia para la campaña, pero que en el ejercicio del poder revelan su verdadera naturaleza: autoritaria, persecutoria y profundamente intolerante. Hoy que Juan Antonio Martín del Campo levanta la mano y busca registrarse como precandidato del PAN a la gubernatura, es imperativo refrescar la memoria colectiva y recordarle a la ciudadanía quién es realmente este personaje cuando tiene el bastón de mando en las manos.

​Detrás de la sonrisa ensayada y el discurso de bien común que hoy pretende vender, se esconde el hombre que, siendo presidente municipal de Aguascalientes, utilizó a las instituciones de seguridad pública no para combatir a la delincuencia, sino para hostigar, intimidar y perseguir a los periodistas que no nos alineamos a su narrativa oficial.

​Durante tres largos años, Martín del Campo convirtió la corporación policial en su brazo ejecutor personal. Fui blanco de una persecución sistemática bajo una de las acusaciones más ruines, peligrosas e irresponsables que un gobernante puede lanzar en este país: me acusaba falsamente de ser un “halcón”. Lo hacía a sabiendas de que jamás he tenido antecedentes penales, y con la total certeza de que no existía —ni existirá— una sola prueba que sustentara semejante calumnia.

​Calificar a un periodista de esa manera, en el contexto de seguridad que vivimos, no es un simple disenso; es una sentencia, una irresponsabilidad criminal y una táctica de manual puramente fascista. El objetivo era claro: deslegitimar mi labor, sembrar el miedo, silenciar la crítica y ahogar la libertad de expresión a través del aparato del Estado. Durante todo su trienio, la sombra de la policía municipal estuvo detrás de mis pasos, transformando la vigilancia pública en un acoso institucionalizado.

​Sin embargo, el tiempo es el mejor juez y la verdad termina por romper el miedo. La prueba irrefutable de esta infamia llegó el día en que Martín del Campo concluyó su periodo en la alcaldía. Aquel uniformado que recibió las órdenes de seguirme, de vigilarme y de fungir como el instrumento de su intolerancia, se acercó a mí. Ya sin el yugo de la jerarquía represora, tuvo la decencia y la dignidad de pedirme una disculpa. Me confesó lo que ya sabíamos: que todo había sido una consigna directa desde la cúpula del poder municipal.

​El testimonio de ese policía no solo me exoneró ante el absurdo; desnudó por completo la bajeza moral de un alcalde que usaba recursos públicos y elementos de seguridad —tan necesitados en las calles para proteger a los ciudadanos— para saciar sus revanchas personales contra la prensa libre.

​El fascismo no siempre llega con botas militares; a veces llega con siglas de partido y promesas de progreso. Alguien que utiliza el poder para perseguir, inventar cargos sin sustento y hostigar a quienes investigamos y cuestionamos, no está calificado para gobernar un estado. Quien persiguió a la prensa desde un municipio, dinamitaría las libertades democráticas desde el palacio de gobierno.

​Juan Antonio Martín del Campo ya demostró quién es. Aguascalientes no necesita a un perseguidor en la gubernatura; necesita gobernantes que respeten la ley, la verdad y, sobre todo, la libertad de expresión. La memoria histórica no se borra con espectaculares de campaña.

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