D𝐄̲𝐍̲𝐔̲𝐍̲𝐂̲𝐈̲𝐀̲
El domingo 7 de septiembre 2025, cuando apenas clareaba la mañana, entre las seis y las siete, un grupo de hombres se presentó en mi domicilio. Vivo en un edificio de departamentos, en el segundo bloque, último piso.
Comenzaron a gritar mi nombre, con una insistencia agresiva, como si buscaran arrancarme del silencio forzado que me imponían sus golpes contra la puerta.
Por temor, incluso los mismos vecinos decidieron no salir, aunque varios pudieran tomar algunas fotografías.
No bastándoles con eso, derribaron un mueble que había dejado en el pasillo para secarse después de pintarlo —un peso cercano a los treinta kilos— e intentaron arrojarlo por el cubo de las escaleras. El estruendo buscaba intimidarme, obligarme a salir. Era la misma pedagogía del miedo de siempre: primero el ruido, luego el nombre, después la amenaza.
Por el momento, no voy a entrar en detalles, de cómo entraron al bloque, y demás detalles
Intenté llamar al 911, buscar cualquier auxilio, pero en esos instantes no fue posible. La impotencia de un teléfono que no responde es también parte de la violencia.
Y mientras tanto, me llega la noticia de un libelo en mi contra que circula en redes, acompañado de la afirmación de que existen cien mil ejemplares impresos. Vaya, un best seller en mi contra. En la contraportada incluso se anuncia el tiraje, aunque no puedo constatarlo. Lo cierto es que la circulación es inusitadamente amplia y que se dedica con saña a insultarme.
A estas alturas, me resulta difícil separar un hecho de otro. Las amenazas, las intimidaciones, los intentos de quebrar la tranquilidad mínima de mi vida, se acumulan en un patrón que conozco demasiado bien.
No bastó mi desapareción, ni todos los años de prisión, los años posteriores han sido de lucha y de represión; no me voy a callar
En 1995 la Comisión Nacional de Derechos Humanos y la Universidad Autónoma Metropolitana denunciaron una campaña de persecución en mi contra y órdenes de aprehensión sobre hechos ajenos a mí actividad; recientemente lo hizo la Comisión de la Verdad en 2018 por el allanamiento y robo por personas armadas a mi casa donde estaba mi madre, y justo llegaron hasta el último piso del edificio en aquel entonces
No son los únicos eventos en estos años
Es un hilo que atraviesa décadas, que enlaza los años de plomo con este presente, como si el tiempo se negara a clausurar la persecución. Medio siglo de compromiso político, y la persecución se repite con otros rostros, pero con la misma sombra.
Para lo que sirva, he decidido proceder con una denuncia penal. Esta vez, afortunadamente, los sujetos quedaron videograbados. No se trata sólo de un acto de hostigamiento: es un mensaje. Y como tal, hago responsables tanto a los autores de ese libelo como a quienes acudieron a mi domicilio, de cualquier cosa que pueda atentar contra la seguridad de quienes me rodean aparte de la mia propia
Logré que en México se dictara la primera orden de restricción de protección a favor de una mujer. También conseguí que, por primera vez en la historia del país, casos de desaparecidos políticos fueran reconocidos en un proceso judicial: el primero, y luego un segundo. He llevado juicios en contra de comandantes de distintas corporaciones policiacas, contra funcionarios públicos, e incluso —y no pocos lo saben— contra personajes vinculados al actual gobierno.
Jamás he estado con ningún partido en el poder. Nunca. Mis causas siempre han estado del lado de la defensa de los derechos humanos, con una convicción especial hacia los derechos de las mujeres, y de manera inquebrantable en la lucha por la memoria, la verdad y la justicia para las víctimas de la Guerra Sucia.
Decido no guardar silencio, y no lo haré. Si algo he aprendido en estos años es que la voz es también un territorio que se defiende.
 𝗛𝗼𝘆 𝗰𝗲𝗹𝗲𝗯𝗿𝗼 𝗲𝗹 𝘀𝗶𝗺𝗽𝗹𝗲 𝗵𝗲𝗰𝗵𝗼 𝗱𝗲 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗿 𝘃𝗶𝘃𝗼 𝘆 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗿𝗲 𝗰𝗼𝗻 𝗶𝗿𝗼𝗻í𝗮: 𝗻𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘂𝗻 𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗶𝗻𝗱𝗶𝘃𝗶𝗱𝘂𝗮𝗹, 𝘀𝗶𝗻𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘂𝗻 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗮𝗿𝘁𝗶𝗱𝗼 𝗰𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗹𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗶𝘀𝘁𝗲𝗻, 𝗰𝗼𝗻 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀 𝗺𝗲 𝗮𝗰𝗼𝗺𝗽𝗮ñ𝗮𝗻, 𝗰𝗼𝗻 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀 𝗮ú𝗻 𝘀𝘂𝗲ñ𝗮𝗻.
𝗠𝗶𝗲𝗻𝘁𝗿𝗮𝘀 𝗺𝗲 𝘀𝗲𝗮 𝗽𝗼𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲 𝗻𝗼𝗺𝗯𝗿𝗮𝗿, 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗿𝗱𝗮𝗿 𝘆 𝗹𝘂𝗰𝗵𝗮𝗿, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘃í𝗮, 𝗮ú𝗻, 𝗻𝗼 𝗲𝘀𝘁𝗼𝘆 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗼.
