
En la capital de Sinaloa, el basurón se ha convertido en un refugio para las personas que huyen de la violencia
Guía de Culiacán
El relleno sanitario de Culiacán se ha convertido, en poco más de un año, en refugio de personas desplazadas por la violencia en la zona rural. Sin embargo, hoy enfrenta una disyuntiva: hay más manos trabajando como recolectores de desechos, pero no suficiente basura para generar ingresos.
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El pasado martes 17 de febrero, un grupo de trabajadores dedicados a la recolección acudió al Ayuntamiento de Culiacán para quejarse y solicitar una reunión con autoridades municipales ante la falta de camiones recolectores que comúnmente arribaban los lunes. “Queremos más basura”, expresó una mujer en la entrada.
De acuerdo con Efigenio Villa Armenta, líder de los pepenadores, ese lunes arribaron entre 20 y 30 camiones recolectores, cuando lo habitual es que lleguen entre 140 y 170. Los camiones comenzaron a entrar por la noche; sin embargo, el “viaje del día” no llegó.
Los inconformes señalaron que la basura fue depositada en otro relleno privado de la ciudad. Llevar los residuos a ese otro sitio no es algo nuevo, relató Villa, pero en ocasiones la práctica se intensifica y la ausencia de camiones se resiente. “Se nota que se van mucho más para allá, pero eso lleva años; creo que tienen como la obligación de estar tirando para allá”, comentó.
Villa Armenta acusó que la situación en el relleno sanitario es crítica, debido a que hay muchas personas trabajando y la basura que llega no es suficiente para sostener el ingreso de las familias. De acuerdo con sus estimaciones, son alrededor de 350 a 400 personas laborando en la recolección; en su mayoría personas desplazadas por la violencia que lleva más de un año en la entidad.
“Está mermado el ingreso, porque si antes éramos 200 gentes pepenando, hoy se duplicó o hasta una tercera parte más. Entonces, por mucha densidad que sea, la basura que llega ya no alcanza”, expresó.
El basurón se convierte en el trabajo inmediato para quienes han sido desplazados de la sierra, contó Villa Armenta, y que bajan a la ciudad en ocasiones sin credenciales o documentos que les piden para obtener un empleo formal.
Crescencio se presentó en la puerta del Ayuntamiento de Culiacán como uno de los desplazados que han llegado desde los ranchos a causa de la violencia. Lleva apenas unos días trabajando en la pepena y, pese a su poca experiencia, acudió al Ayuntamiento a petición de otros recolectores para respaldar la exigencia de mejores condiciones de sus compañeros
Él proviene de El Platanar, en Culiacán. Dijo que no lo amenazaron directamente para salir de su rancho, pero que escuchó situaciones que lo hicieron apartarse antes de que “la lumbre le llegara a donde uno está”. Allá trabajaba en su rancho, tenía unas cinco vacas y ese era su sustento. Lo primero que hizo cuando llegó a la capital fue buscar empleo, pero al no conseguirlo decidió adentrarse en el basurón por recomendación de un amigo.
Actualmente gana entre 150 y 200 pesos al día. Aspira a obtener entre 300 y 400 pesos, lo que logran quienes tienen más experiencia. “Para juntar 300 pesos, si son 3 pesos el kilillo (de plástico), ¿cuántos tengo que juntar? Y con el sol como está ahorita, ¡nombre! Llego desde las 8 de la mañana hasta las 4 o 5 de la tarde. Imagínate con este solazo”.
Crescencio llegó a Culiacán y se instaló, junto con su familia, en la colonia Bicentenario, una zona cercana al relleno sanitario que ha acogido a familias desplazadas. De acuerdo con Patricia Quiñónez, activista que ha acompañado a familias, a la colonia Ampliación Bicentenario, más de 200 familias han llegado en el último año a habitar en el sector, quienes, ante la imposibilidad de adquirir vivienda o recibir algún apoyo, se establecen de manera irregular.
Pánfila Salazar, de 73 años, quien trabaja en la recolección desde antes de la década de 1990, describió la situación así: cuando un camión recolector llega al relleno a depositar no sabe si agarra las manos de los demás o toma basura.
Hoy en día no se ganan más de 150 o 200 pesos, “porque así está de gente”, dijo Salazar, mientras juntaba los dedos de sus manos.
“Los más jóvenes les arrebatan el material a los mayores. Esperan que uno rompa la bolsa y los nuevos le quitan el bule”, se quejó, por otro lado, Ceferina Núñez, de 65 años.
En el relleno sanitario, la lucha por el sustento es diaria. Contó que el lunes dejó apartadas tres bolsas de basura y otra casi llena de aluminio para venderlas y así pagar algunos servicios pendientes en su casa. Sin embargo, cuando regresó, las bolsas ya no estaban.
“Es mucha la gente que hay y no rinde el trabajo, por más que uno se esfuerce. Es imposible”, reviró Salazar.
Sin embargo, no es su única complejidad porque en diciembre el incendio del relleno sanitario, les impidió acudir a trabajar durante varios días por los contaminantes. El trabajo se detiene, pero los gastos no: si no es el agua, es el gas o la leña.
Mientras tanto, Villa Armenta señaló otra cuestión: el espacio del relleno se está acortando y la incertidumbre de la gente es qué pasará después ¿Hacia dónde lo dirigirán? Comentó que estarán al tanto de a qué situación le dan solución primero luego de la reunión que sostuvieran con el secretario del Ayuntamiento, José Ernesto Peñuelas Castellano, y que les dijeron que no se preocuparan.
“No estamos pidiendo que nos mantengan con despensa y eso, sino que le pongan atención al área de trabajo para que como se está acotando el campo para tirar basura, para que le den más vida, para que las maquinarias, el personal, se ubiquen bien allá arriba y tenga más vida el relleno”, enfatizó.
Artículo publicado el 23 de febrero de 2026 en la edición 1204 del semanario Ríodoce.
