El Pacto Roto: El Militarismo y la Sombra del Narco en el Ocaso de un Sexenio
Ajo Blanco/Cuauhtémoc Villegas
La historia no se crea ni se destruye por decreto de una inteligencia artificial, se documenta con hechos. Y los hechos de este mayo de 2026 nos obligan a mirar hacia atrás para entender por qué la reaparición de Andrés Manuel López Obrador en el Heroico Colegio Militar de la Ciudad de México no es un acto nostálgico, sino el recordatorio de un diseño de poder que buscó la trascendencia a través de la bota y el pacto.
La bota como columna vertebral
Desde que asumió el poder, el autodenominado “humanista” resultó ser el presidente más militarista en la historia moderna de México. Fue el primero, desde la época de la Revolución, en acuartelar su gobierno. No es una metáfora: sus conferencias mañaneras y actos públicos en los estados se realizaron sistemáticamente dentro de las zonas militares, bajo el resguardo de los muros castrenses.
López Obrador no solo utilizó al Ejército; se enamoró de él. Les entregó aduanas, puertos, aeropuertos y la construcción de sus obras insignia, rompiendo la neutralidad de las fuerzas armadas para convertirlas en un actor económico y político sin precedentes. Esta búsqueda de trascendencia sexenal a través del uniforme buscaba blindar su proyecto, pero a un costo democrático que hoy seguimos pagando.
El “Pacto no Heredable”
La acusación no viene del vacío. Como bien definió en su momento Porfirio Muñoz Ledo, existe una sospecha persistente sobre un pacto con el crimen organizado que, por naturaleza, es “no heredable”. El narco no tiene lealtades transexenales; solo tiene intereses de momento.
La imagen de López Obrador estrechando la mano de la madre de Joaquín “El Chapo” Guzmán en Badiraguato no fue un acto de cortesía humanista, sino un símbolo que marcó su administración. Esa fotografía se convirtió en el eje de las acusaciones que hoy, años después de su mandato, siguen resonando en las agencias de seguridad internacionales. Las sospechas de vínculos con el narcotráfico que hoy lo persiguen en la capital son la factura de una política de “abrazos” que muchos leyeron como una tregua táctica.
La hipocresía del poder desmedido
El militarismo de AMLO fue su mayor contradicción. El hombre que en campaña prometió regresar a los soldados a los cuarteles, terminó siendo el que más atribuciones les otorgó. Su estancia actual en la Ciudad de México, rodeado de mandos militares en el sur de la capital, confirma que su fe nunca estuvo en las instituciones civiles, sino en la jerarquía del mando.
Como advirtió Muñoz Ledo, el poder que se pacta con la sombra no se hereda; se disipa o se cobra. Hoy, mientras el país observa su reaparición, queda claro que la historia no olvidará al presidente que, bajo la máscara del humanismo, cimentó su poder en la bota militar y la tolerancia al crimen. La trascendencia que buscó a través de estos pactos se está encontrando con su realidad: una sombra que no deja de perseguirlo.
