0 4 min 3 meses

La noche es cómplice y tiene corazón: puede estar dormido, en la cama de cualquier hogar, o latiendo en las calles, enjundioso y malherido, mortal y con sombras en la mirada. Esa noche fue así: de oscuridad filoso, de fuego en las bocas de acero.

Lea también: Malayerba: Los perros

Ellos estaban dormidos. Roncando a sus anchas, esparcidos en esos colchones viejos y roídos, marca Morfeo, igualmente cómodos y hospitalarios. Toc toc, se escuchó fuerte en la ventana de la recámara de dos de ellos, que da a la calle.

Primero un puñado de piedritas. Luego un par de coños con el grueso nudillo del dedo corazón, también llamado
mayor o grosero. Toc toc. Otros dos golpes al cristal de la ventana. Uno de ellos despertó, levantó la cabeza y distinguió una sombra del otro lado del vidrio. Quién es, preguntó en voz baja.

Se sentó en el colchón. Talló sus ojos con ambas manos. Limpió las lagañas. Fue entonces que reconoció al de la visita. Era poco más de la medianoche. Qué onda güey, qué pasó. Nada, nada. Vengo a invitarte unas cervezas. Apenas oyó la palabra secreta y resorteó para incorporarse y poner ambos pies sobre el piso. Pérame, le contestó.

Despertó a su hermano y este dijo que sí. Ambos fueron por el tercero, que estaba en otra recámara. Órale, pero volvemos antes de que amanezca, pa’que no se agüite mi amá.

Médanos, vamos a los médanos, dijo uno de ellos, ya cuando se encontraron con el que les había tocado la ventana. Sale, vamos a las dunas. Estaban hablando de un lugar cercano a la ciudad, muy cerca de la playa, a unos veinte kilómetros de donde ellos estaban.

Ni se te ocurra ir por las morras. Ya es tarde, no es hora de andarlas invitando. No van a querer. No hay pedo, pues. Traes cerveza. Sí, los botes los traigo en la yelera.

Unos treinta botes, no más pa’ cotorrear un rato. En los caprichosos montículos diseñados por el viento, la brisa, y el tiempo, ellos se guarecieron. La noche, un manto cálido y estrellado, los abrazaba. Música en el estéreo del carro. A lo lejos vieron que otro automóvil se acercaba. Vámonos, no vaya a haber bronca. No seas culo, no pasa nada.

Al día siguiente los cuatro aparecieron perforados, con orificios cubiertos de sangre seca, como la ropa. Huellas del paso de la tortura por brazos, abdomen, cara y pecho. Y eso que eran muchachos tranquilos, vagos, noctámbulos y medio briagos, pero pacíficos.

En el pueblo dijeron que los que llegaron eran de la ciudad vecina, que tenían pleito con los de las comunidades aledañas. Que llegaron y los vieron ahí y les parecieron sospechosos. Que les preguntaban qué andaban haciendo.

Les explicaron una y otra y otra vez. No les creyeron. Les dijeron que eran enemigos. Que se la daban de cabrones porque no cantaban, pero que ellos eran más cabrones. Y güevudos.

Cuentan que ellos gritaban que no eran, que no habían hecho nada. Al final, antes de disparar, les contestaron que eso no importaba: ustedes son de ahí, y todos los de ahí son contrarios. No hablaron más: las médanos, la playa, todo eso, tiene dueño: ellos.

Artículo publicado el 13 de marzo de 2022 en la edición 998 del semanario Ríodoce.