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lasmalascompanias-300x267Río Doce.- Dicen que Edgar Allan Poe realizó la proeza de nadar ocho millas a contracorriente por el río Hudson, de Richmond, el 29 de junio de 1823. Una hazaña insólita, reservada a los salmones, y a ese Don, que aparece en la portada del fabuloso álbum de The Beatles, el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.

Me hubiera gustado estar en ese momento, cuando salió del río con los músculos tensos después del esfuerzo, aplaudido por muchos que se revolcaban de risa con su locura, admirado por muchachas subyugadas por la languidez de su mirada, que buscaba el fondo de un celebrante tarro de cerveza, que pronto fueron dos, después tres. Y bueno, si ya estamos en esas libertades, acercarme a él e invitarlo a Mazatlán, a la Fonda a tomarnos la cuarta cerveza para que les platique a los demás cómo fue que se le ocurrió esa loca idea de homenajear a Lord Byron, su autor favorito, con esa locura descabellada.

—Vente a la Fonda, Edgar, no es más peligrosa que lo que acabas de hacer.

—¿Lo prometes?

—Riesgos son riesgos.

Seguro que el Chito Wawa lo hubiera recibido con un qué onda, mi Pink Floyd, usted tiene cara de universificio, el Profundo le habría provocado cambiarle el final al Pozo y el Péndulo, que aún no había escrito. Abrumado, le tomaría la palabra al Pito Pérez para emprender un tour interior y aceptaría, antes de hacerlo, anunciar su Poems en el Mazturismo, de a grapa, con el Enamorado.

Aunque el Diablo le dedicara una mirada de desconfianza, el Toñeque le pondría un tequila y muchos más, a condición de que se los tomara de pie, como él, además lo invitaría a New York para realizar una serie de excitantes negocios y le prometería un posterior viaje a París; por esta. El Güilo Gómez Rubio le ofrecería cenar en el Pedro & Lola y el Chonchi le daría un enorme abrazo, le presentaría a Marcela y ella le acomodaría el nudo de la corbata, para que Alfredo Müller le tomara una foto con toda la raza.

En su mesa, Cazarín, Manuel y demás raza de la migra se rascarían la cabeza averiguando de qué planeta había sacado el Pepe a ese nuevo loco. El Pepelo y el Miguelito levantarían su tarro helado por él. Los Faisanes originales harían lo mismo. De hecho el Pompas Ruelas lo reconocería como un bato que le pidió un servicio aduanal para meter al país un escarabajo de oro.

El Isaac y el Víctor Coppel le invitarían las siguientes dos, por si se rajaba y el doctor Habif le explicaría que no es aire lo que corre, sino viento, que aire siempre hay, y el pobre Edgar tragaría saliva para no entrar en controversia con un experto.

A la quinta cerveza, escucharía la historia de Óscar Capaceta, cuando estuvo a punto de decapitar de un solo golpe a Elvis Presley porque, al huir del asedio de sus fans, chocó con su jefecita santa. Se salvó porque era el Rey del Rock, y se despidieron: bye, Elvis; bye, Óscar.

No creo que Edgar, después de nadar como salmón, a contracorriente en el río Hudson ocho millas, se sentiría incómodo en la Fonda, al contrario, estar con los iguales tonifica, por algo Mark Twain dijo: “El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía”.

El Galván le diría: oiga, yo a usted lo he visto en un disco; el doctor Jano explicaría de manera breve por eso, pues, y el Andy Cárdenas le recetaría su máxima: con una más y nos adentramos en la irre, Edgar. El Gamboa le dedicaría una carcajada y Poe, cansado porque lo saqué del río Hudson y lo llevé a beber con una cuerda de locos, me ofrecería una sonrisa de medio lado, casi de agradecimiento.

A esas alturas el Chalío lo observaría como si se fuera a ir sin pagar, sin saber que don Edgar traía dólares de 1823 y las carteras del Villa, el Norza y el Ley lo respaldaban, porsia.

Como la ficción permite excesos, una ronda corre a cuenta del doctor Habif, Edgar agradece con
un brindis y en eso irrumpe la figura de José Carlos de la Vega Echevarría, alias el Guasa.

—¡Qué, doctor, para mí no hay, no soy hijo de chota! —y al Chalío —¡Animal, una para mí a cuenta del doc!

Curioso, pregunta el motivo de la reunión y de la presencia del chango a mi lado. Le explico que es Edgar Allan Poe, un morro que acaba de nadar ocho millas a contracorriente en el río Hudson. Serio, muy serio, me pregunta.

—¿Neta que ocho millas, Pepito?

—Así es, mi Guasa, y a contracorriente.

Edgar Allan Poe lo mira con ansias de ser valorado y le cae encima una tormenta:

—¿Sabes, pendejete, que 21 kilómetros es más que ocho millas?

—Cierto —aceptó Poe, que solo fue pendejo en esta ficción.

—Y que yo he vivido a contracorriente, ¿lo sabes?

—Eso si no —responde Edgar, respetuoso.

—¡Pues yo he vivido a contracorriente toda mi vida, putito, y corrí 21 kilómetros en reversa, por todo el malecón! De modo que me la pelas, no te creas tan chingón y vamos a tomarnos una tú y yo aparte, ¡porque todos estos, empezando por el animalito, son unos ignorantes!

Poe me voltea a ver y afirmo con la cabeza. El Guasa toma la palabra y lo borra por completo de la escena, lo desvanece, lo saca de Mazatlán y lo regresa al río Hudson para acaparar la charla y contarnos en detalle su hazaña de venirse en reversa por todo el malecón y, mientras va ofreciendo pormenores… lentamente, así, len ta men te, se esfuma.

¿Cómo estará la competencia entre ellos a estas alturas? No creo que el Guasa se aviente al Hudson y trate de superar las ocho millas contracorriente que dejó Poe. Tampoco creo que Poe se anime a correr en reversa los 21 kilómetros del malecón de Mazatlán, como lo hizo el Guasa.

De lo que sí estoy seguro, y lo digo con cariño y la esperanza de verlos por allá, es que ambos están donde asegura Mark Twain que es conveniente, por la compañía.