Donde falla el Estado, buscan las madres

En Sinaloa, las rastreadoras han aprendido a reconocer la tierra y los olores que emana para localizar cuerpos
Ríodoce/Armando Quíroz
Cuando un hijo desaparece, sus madres asumen el papel de forenses e investigadoras. La ausencia las obliga a encontrar, olfatear, gritar, tomar picos y palas, rascar la tierra, soportar olores y calores, malcomer, maldormir y llorar cuando la ausencia vuelve a pesar. Ser una “madre buscadora” implica, además, hacerse la pregunta: “Si yo no los busco, ¿quién?”. Las buscadoras existen como síntoma de la ineptitud de los aparatos de seguridad del Estado, precisamente de las fiscalías; del “estamos investigando”, conjugación de palabras que se extiende por meses y alcanza los años.
De acuerdo con datos de la Fiscalía General del Estado, desde el 1 de septiembre de 2024 al 6 de abril de 2026, se han localizado 89 osamentas. De estas, no se pudieron proporcionar las coordenadas exactas al tratarse de carpetas de investigación independientes, lo cual impidió hacer un mapeo completo de las regiones en las que se presenta el fenómeno.
Sin embargo, según datos del colectivo de búsqueda Madres en Lucha por tu Regreso a Casa entre los meses de noviembre de 2025 a abril de 2026, se recuperaron 12 localizaciones con coordenadas precisas: cinco de ellas en Villa Juárez, en la Licenciatura Benito Juárez; cuatro en Costa Rica, entre las comunidades de El Alhuate y El Alata, y el resto dentro del municipio de Culiacán.
Documentación de Artículo 19 y Data Cívica mencionan que de 2023 a 2024, Sinaloa alcanzó el sexto lugar nacional en fosas clandestinas localizadas, con 58 en total. Asimismo, la Plataforma Ciudadana de Fosas Clandestinas hizo un recuento histórico de las fosas localizadas en el periodo de 2006 a 2024. Ahome encabezó la lista con 50 reportadas por la prensa, 11 por la Fiscalía Federal (FF) y 36 por la Fiscalía Estatal (FE). Continuó Culiacán, con 37 por la prensa, ocho por la FF y 20 por la FE; Guasave, con 29 por la prensa, ocho por la FF y cinco por la FE; Mazatlán, con 26 por la prensa, ocho por la FF y 23 por la FE; Angostura, con 21 por la prensa, ocho por la FF y cuatro por la FE.
Este año, durante marzo, en la comunidad de El Verde, en Concordia, se localizaron fosas en un predio donde previamente se había registrado el hallazgo de 14 cuerpos contenidos en una sola.
Alejandra Martínez es hermana y buscadora, integrante del Colectivo Voces sin Justicia en Mazatlán. Busca desde hace cinco años a su hermano, Ismael Alejandro Martínez Carrizales. Las formas de buscarlos varían —explica—: en las “búsquedas en vida” se dedican a indagar paraderos en centros de rehabilitación y en penitenciarías, preguntar por cuerpos en el Servicio Médico Forense y realizar pegas masivas de cédulas de búsqueda, hasta llegar a las “búsquedas de campo” en aquellos predios abiertos, repletos de tierra y maleza.
Con el tiempo, ha ido adquiriendo conocimiento sobre la tierra y el agua. En regiones costeras como Mazatlán —detalló—, es común el uso de manglares para enterrar o simplemente abandonar cuerpos, aprovechando en ocasiones la presencia de cocodrilos como un método para desaparecer rastro alguno de las víctimas.
En tierra, la profundidad de las fosas depende de qué tan retirado esté el sitio; en áreas cercanas a la ciudad pueden encontrarse a un metro de profundidad, mientras que en lugares más remotos se han localizado cuerpos a tres o cuatro metros. Si la fosa se encuentra en una zona transitada, o donde existe mayor probabilidad de localización, se utiliza cal para apaciguar los olores del cuerpo.
Aunque no siempre es usual, el colectivo ha detectado que, para ocultar un cuerpo y dificultar las labores de rescate, el crimen organizado se auxilia de escombros o restos de cemento para sellar las fosas y entorpecer el trabajo. En ciertas zonas, les quitan la ropa y otras no, e incluso la forma de esconderlos: los meten en bolsas o los emplayan.
“Mazatlán es el puerto con más desapariciones en todo el país. No hay una cifra exacta porque hay muchísimas. No te imaginas cuántas personas no denuncian en la fiscalía. Entonces, desde ahí no podríamos abrir la cifra exacta y fiscalía tampoco la sabría porque es raro que las personas se acerquen o incluso si se acercan es raro que realicen todo el procedimiento”, añadió.
Alejandra destacó que nadie está preparado ni desea realizar estas búsquedas, y criticó que menos aún las autoridades, a quienes legalmente les compete la tarea de encontrarlos.
En Culiacán, la madre de José Manuel Macías Mendoza, desaparecido desde noviembre de 2017, ha tenido que aprender a notar los cambios de consistencia en el suelo: cuando un cuerpo tiene poco tiempo y ya hizo erupción —liberando gases y líquidos—, la tierra toma un aspecto grasoso, más oscuro. Cuando se trata solamente de restos óseos, la coloración no varía mucho, cambia solamente el estado de la tierra.
Durante los rastreos, las madres cargan con varillas que introducen en el suelo cuando sospechan de posibles restos; al sacarlas, analizan el aroma. Un “olor muy feo” en la punta es la señal de un punto “positivo”; es decir, un cuerpo. Al introducir la varilla, también deben distinguir sonidos: si topa con algo que genera un “rechinido”, deben detenerse para investigar si se trata de un resto óseo o una piedra.
Con la pala, el protocolo también cambia y requiere de mayor cuidado; si se aplica mucha fuerza al golpear la tierra, pueden romperse los restos, lo cual incluso podría acarrear problemas legales en la apertura de las carpetas de investigación.
Mientras se enfrentan a la magnitud de los terrenos de búsqueda, las familias continuamente experimentan sentimientos de coraje y rabia ante la inmovilidad de los funcionarios que deberían estar involucrados en la localización de los desaparecidos.
Artículo publicado el 19 de abril de 2026 en la edición 1212 del semanario Ríodoce.
