
El documental Todas las habitaciones vacías (All the Empty Rooms/EU/2025), no puede ser menos conmovedor, triste, desgarrador y doloroso, ya que habla de las víctimas de tiroteos escolares en Estados Unidos, debido, en parte, al fácil acceso a la compra de armas que se tiene en ese país, el principal en este tipo de masacres, de las que entre el 2000 y el 2022, se registraron mil 375, en las cuales murieron 515 personas y mil 161 resultaron heridas.
Ante un hecho como tal, la información que, generalmente, se proporciona son estadísticas y recuento de los daños que exponen la cantidad de muertos y heridos, sus edades, nacionalidades; algunas veces, datos acerca de sus logros, gustos y sueños. Otra parte del reporte alude a quien cometió el delito, su perfil psicológico y las posibles razones por las cuales disparó deliberadamente ante estudiantes y docentes.
Es verdad que otros trabajos, por lo regular, periodísticos, se centran en familiares y su sentir ante lo acontecido. Sin embargo, no es frecuente que se diga mucho sobre los estudiantes caídos, más allá del contexto del tiroteo. Precisamente, esa es la virtud del documental dirigido por Joshua Seftel, quien sigue al periodista Steve Hartman y el fotógrafo Lou Bopp en su recorrido por las habitaciones intactas, principalmente, de niños, niñas y adolescentes muertos. Específicamente, expone las historias de Hallie Scruggs, de 9 años, de Nashville; Gracie Muehlberger, de 15, y Dominic Blackwell, de 14, de California; y Alyssa Alhadeff, de 14 años, de Florida.
El realizador de Stranger at the Gate (2022), también nominado al Oscar como mejor corto documental, acompaña a Hartman en sus entrevistas con padres y hermanos de las víctimas, para recoger testimonios acerca de cómo han llevado el duelo y sobrevivido a una experiencia tan impactante. A pesar de los años que han transcurrido, en su mayoría, las personas cercanas a los estudiantes fallecidos, expresan un dolor reciente, permanente: pareciera que ese lamentable acontecimiento acaba de suceder, y que no hay muchos años de por medio.
Resulta una faena imposible de ganar, el intentar mantenerse al margen de lo que muestra el filme disponible en Netflix, nominado al Oscar a mejor cortometraje documental. Llama la atención que, en su deseo de no olvidar a sus hijos, de mantener su recuerdo vigente, de honrarlos, enaltecerlos y reconocer su significativo paso por este mundo, los padres mantienen sus habitaciones como quedaron el día que salieron de casa por última vez, rumbo a la escuela: muebles, ropa, decoración, libros, gorras, juguetes, peluches, posters, fotografías, útiles escolares, mochilas, dinero, alhajas, incluso, ropa sucia, camas no hechas, papeles tirados… tal cual lo dejaron sus dueños.
El proyecto de Hartman y Bopp, realizado en siete años, consistió en fotografiar las habitaciones, para después obsequiar un álbum a los familiares, con las imágenes de esos espacios que se han vuelto sagrados, al que constantemente se entra, para recordar a quienes ya no están; platicarles, llorarles; respirar lo que queda de su olor; añorar que, tan si quiera por un instante, regresen y poderlos tocar, abrazar, besar y sentir de nuevo. Véalo… bajo su propia responsabilidad, como siempre.
