Crónica: El asesinato de José, nadie a quien avisar

José fue asesinado dentro de una vivienda improvisada en Culiacán; su cadáver permaneció en el lugar durante siete horas, porque la puerta estaba cerrada y no había ningún familiar
Ríodoce/Ricardo González.- La casa tiene una reja como puerta. Está en la colonia Bachigualato, sobre la calle Fortuna, una paradoja de nombre para un camino de terracería que desemboca apenas 200 metros más adelante en la calzada Aeropuerto, justamente a la altura de la Dirección de Seguridad Pública y Tránsito Municipal de Culiacán.
Es de block gris, con una sola ventana abierta al frente, protegida por una reja negra. La entrada no da a la calle, sino a un costado, también cerrada con candado. Desde afuera se alcanza a ver el patio: una carretilla volcada, cubetas vacías, fierros, alambres, zapatos viejos, polvo acumulado, basura que nadie se molestó en tirar.
Al frente; unas tablas recargadas en la fachada, ladrillos apilados, y una llanta vieja entre basura. Una segunda capa de pintura blanca, mal puesta sobre el amarillento y descuidado color de la fachada, no alcanza a cubrir del todo el abandono. A la derecha sobresale una antena circular azul de televisión satelital. Es lo único que parece reciente. Lo único que sugiere que alguien vivía ahí.
Adentro está el cuerpo.
José tenía unos 50 años. Lo mataron el martes 21 de abril, poco después de las dos de la tarde. Un joven vecino dijo que escuchó los disparos y alcanzó a ver un carro que se fue dejando un “polvaderón”. Entraron a la casa y le dispararon dentro de su recámara. Su cuerpo vestido con una camiseta con rayas azules y un pants deportivo, quedó boca arriba, a un lado de la cama.
Los vecinos que escucharon detonaciones llamaron; el reporte se recibió alrededor de las 2:30 de la tarde. Las autoridades llegaron, elementos de la Marina Armada de México, de acuerdo a los testimonios, y se fueron.
Cuando los reporteros llegaron, poco después de las 3:00 no había nadie. Ni patrullas, ni peritos, ni cinta acordonando. Solo la casa cerrada con candado y el cuerpo adentro.
Una de las reporteras llamó al 911. Le dijeron que el reporte ya estaba atendido pero no había familiares y la casa estaba cerrada, se retiraron.
Afuera, algunas personas iban y venían, sin acercarse demasiado, estaban tratando de dar con el paradero de algún familiar, tenía un hermano y una hermana.
Un hombre, vecino de la colonia, que dijo conocerlo de toda la vida se ofreció a buscar a su hermano, que trabajaba en un taller por ahí cerca. Se fue en una motocicleta y regresó al poco rato, solo. Le dijeron que hacía mucho se había ido a otro trabajo, por la colonia Bicentenario, no tenían el teléfono.
Otra mujer, que vive a unas casas, dijo que a veces José le ayudaba con trabajos.
—Pues ahí venía, me ayudaba a mover cosas, a arreglar lo que se podía —dice—, pero luego uno se va alejando, ya ve… hasta a la familia le deja de hablar.
No dice más.
Nadie parece tener un número de teléfono. Nadie sabe exactamente dónde están sus familiares y las horas siguen corriendo. “Él me contaba que venían a verlo a veces sus hermanos, pero yo no los conocía, casi siempre pasaba ahí solo”, añade la mujer vestida de manera tan pulcra y elegante que ofrece un contraste natural con la escena.
Son cerca de las 6:00 de la tarde y nadie ha llegado.
Alguien dice que la hermana ya no vive en el campo El Diez, que ahora está en Los Huizaches. Pero nadie aparece.
Durante la espera, un carro compacto se detiene frente a la casa. Parece de esos que andan trabajando en plataforma. Un hombre viene en la parte de atrás. Se baja rápido, camina directo a la reja.
Golpea el metal con los nudillos, dice algo que no se alcanza a entender. Vuelve a decirlo, un poco más fuerte, silencio. Un vecino se le acerca y con gestos y apenas un par de palabras le explica la situación.
El hombre se queda quieto unos segundos, como si no terminara de entender, y luego asiente. Se disculpa, regresa al carro y se va.
Más tarde, una camioneta reduce la velocidad casi hasta detenerse. El conductor mira hacia la casa, hacia la gente reunida, pero no baja. Acelera y sigue de largo, hacia la calzada Aeropuerto. Justo a la altura de las instalaciones de la Dirección de Seguridad Pública y Tránsito Municipal.
El cuerpo sigue adentro. Las patrullas regresan hasta entrada la noche.
Las luces rojas y azules rompen la oscuridad de la calle de terracería. Ahora sí hay movimiento: acordonan, entran, salen y alguien abre el candado. Han pasado casi siete horas desde el reporte cuando retiran el cuerpo.
Hace unos días, ahí mataron a otro
Una mujer mayor, que ha vivido toda su vida sobre la misma calle explicó dos días después, que ella conocía bien a la familia. Habla sin prisa, pero cuidando lo que dice.
—Ahí mismo, afuera de esa casa, mataron a otro hace menos de un mes —cuenta—. Fue en la noche, como a las ocho. Yo clarito escuché los balazos. Luego, luego empezaron a pasar patrullas, del Ejército, de la policía.
—Pero ahora que pasó esto no escuché nada. Dice mi esposo que fue porque le dispararon a quemarropa… así… de cerquita, que por eso no se oye. Yo no sé bien cómo es eso.
Se encoge de hombros.
—Pero no escuché nada.
No menciona nombres. El caso al que se refiere ocurrió el 9 de abril. Un hombre fue asesinado a balazos justo afuera de esa misma casa.
Tras recibirse la denuncia de disparos a los números de emergencia, elementos del ejército se trasladaron al lugar para corroborar que un hombre que fue identificado posteriormente como Óscar Remigio “N” yacía asesinado a balazos sobre la vía pública en la calle Fortuna, frente a su domicilio
“No, él vivía sólo ahí desde hace años. Se quedó a cuidar a su mamá —cuenta—. Sus hermanos se fueron, hicieron su vida en otro lado. Él se quedó ahí.
Dice que cuando la madre murió, la casa se repartió.
“Vendieron una parte, se dividieron el dinero… pero él se lo fue gastando, y ahí se fue quedando. Hace como dos semanas, mi esposo me dijo que se lo encontró y que le ofreció raite, pero que no quiso, que mejor se iba caminando”.
Se queda pensando.
—A lo mejor él ya sabía… y así se cuidaba.
No explica de qué.
—Una vez llegó un hombre muy alterado a la casa —dice—. Yo estaba en el patio lavando cuando lo vi. Me preguntó si vendía hielo. Yo pensé que heladitos, pero no… me dijo que droga.
Se ríe apenas, incómoda.
—Yo le dije que no.
Luego baja la voz.
—Mire, es mejor no decir nada. Uno tiene familia. Hijos, nietos… mejor así, de lejitos.
Dos días después
“Pobrecito, estuvo muchas horas ahí tirado. Su hermano me platicó que le decía que tenía que juntar para un plan funerario, aunque sea para una caja. Pero que todo se lo gastaba, y le contestaba que cuando muriera, nada más lo envolvieran en una sábana”, relata la misma vecina dos días después.
Dice que no fue cuando lo mataron, que prefirió no acercarse. Pero supo que batallaron mucho para encontrar a la familia.
—Fui a darle el pésame a su hermano —cuenta—. Lo enterraron el jueves.
Dice que había poca gente.
—No conocía a nadie.
Se queda en silencio un momento.
“A su hermana no la vi, a lo mejor ya se había ido o no coincidimos, nada más fui un ratito”.
Luego agrega, casi como si fuera un detalle sin importancia:
—Pero estaba en una caja muy bonita.
Artículo publicado el 26 de abril de 2026 en la edición 1213 del semanario Ríodoce.
