Inés Alberto, a un año de su desaparición

Familiares y amigos del estudiante de criminalística marchan en Culiacán para exigir su regreso
Inés Alberto de Jesús Ibarra Berrelleza fue bautizado como “Inés” por decisión de su madre; ella decía que, cuando tuviera un hijo, le pondría así en honor a un hermano fallecido. Inés nació prematuro y nunca conoció a su mamá. Ella murió durante el parto; desde entonces, sus tías se hicieron cargo de él. Fueron sus madres y tutoras, y desde hace un año también tomaron un nuevo papel: ser “madres buscadoras”.
Su tía —y madre— piensa las palabras cuando preguntan por Inés. Rebusca en su cabeza respuestas; en realidad, aún no asimila que Inés desapareció y mucho menos que pueda estar escondido en una de esas fosas clandestinas. “Inés está vivo”, se dice. Su ausencia la obligó, entre muchas otras cosas, a convertirse en rastreadora. Busca junto a otras madres el paradero de su hijo; en las jornadas donde ha participado, nunca ha encontrado un “positivo”. “¡Positivo!”, se grita en las búsquedas cuando el cuerpo de un “tesoro” es hallado entre matorrales y tierra suelta, retirados de la mirada.
En su primera noche de ausencia, recorrió junto a uno de sus hijos las calles hasta altas horas de la madrugada. Aquel 16 de enero de 2025, Inés salió de su casa cerca del mediodía rumbo a la universidad para entregar unos proyectos finales; era estudiante de criminalística. Entre la narración de los hechos, su madre apresura el relato: en estos días él ya estaría graduado, estaba en cuarto año, dice. Hace pocos días —recordó— una de las compañeras de Inés le dejó un mensaje: “Nos faltaste tú para la foto de graduación”.
Inés no tardaría en volver; la cuestión era rápida: ir y regresar. Sin embargo, llegó el peso de la tarde y, para las 17:00 horas, aún no tocaba la puerta de su casa. En las primeras llamadas que realizó para saber de él, el teléfono aún sonaba: “¡brrrrt!, ¡brrrrt!, ¡brrrrt!”, se escuchaba desde el otro lado; un sonido interminable que buscaba cortarse con un “¿bueno?”. La respuesta nunca llegó; el tono fue reemplazado por el buzón de voz. Su teléfono había sido apagado.
Las llamadas se dirigen al 911. “Vayan a Fiscalía”, les contestaron. Once de la noche: puertas cerradas. Regresen mañana tempranito, les recomendó el guardia que custodiaba la entrada. La inquietud pesaba; recorrieron clínicas e incluso recrearon el trayecto que Inés hacía de la escuela a su casa, pero nada.
Ausentarse no era algo que lo caracterizara. “Mamá, ya voy a agarrar el Huertas… voy pasando por Ciudades Hermanas… ya vengo por la calle de la casa… Mamá, ¿qué me tiene de cena? Hágame unos chilaquiles”. Inés llegaba y ella lo esperaba sentada en la cocina. Cuando se arremolinaba a mirar la televisión, Inés llegaba para molestarla: le jalaba el cabello o le movía los pies. “¿Cómo no lo voy a echar de menos?”, se pregunta.
Carpetas y más carpetas
Con la Fiscalía, su caso no avanza. Continúa intacto. La única pista es un registro de ubicación obtenido tras rastrear la última llamada realizada desde su celular. Aparentemente, Inés estuvo en Mocorito, a 100 kilómetros de Culiacán. Tras obtener este dato, su familia se trasladó al lugar para pegar fotografías de Inés masivamente en las comunidades de Pericos, Chinitos y Potrero de los Sánchez, con la esperanza de que alguien lo hubiera visto. Desde entonces, el único apoyo que brinda la Fiscalía es otorgar las autorizaciones para los rastreos que ellas mismas realizan.
“Que me ayuden a buscarlo, que si ellos le echaran ganas, yo a mi hijo ya lo tuviera aquí. Si desde un principio le hubieran echado ganas, mi hijo estuviera aquí con nosotros. Así como han recuperado a muchas, digo yo que también a mi hijo ya lo hubieran recuperado, pero no es un caso que no le han tomado mucha importancia”, dijo.
En uno de los pilares azules de las oficinas de la Fiscalía General del Estado (FGE), un grupo de madres buscadoras rayó con pintura en aerosol: “Más de 190 personas desaparecidas en 20 días en Culiacán”. El mensaje se reparte en muchos muros y pilares del Centro Histórico. Se pueden hallar desdibujados, en las columnas del Mercado Garmendia e incluso sobre el puente Teófilo Noris, que conduce idealmente al destinatario: las instalaciones de la FGE. Ahí el mensaje adquiere otra intensidad. “Que los ojos de lxs desaparecidxs te persigan en tus sueños”.
Los mensajes no son nuevos; llevan 16 meses endureciéndose ante la mirada de quienes prefieren ver. Se escribieron 20 días después del 9 de septiembre de 2024, fecha refrita por titulares y notas periodísticas que marcaron el inicio del conflicto armado interno del Cártel de Sinaloa. Desde entonces los 190 desaparecidos se vivifican; solamente en 2025, la cifra oficial de la FGE, registró mil 316 personas desaparecidas y, de acuerdo con colectivos de búsqueda, el número podría duplicarse a 3 mil si se considera la cifra negra: aquellos casos que no han sido denunciados.
La búsqueda por Inés continúa y su madre no tiene miedo; lo que quiere es encontrarlo. El desespero por saber de él no ha cambiado desde hace un año. En ocasiones, la angustia es tanta que se pone a gritar y llorar. No hay descanso: por las noches, esa desesperación vuelve. Las sensaciones de tener a un hijo desaparecido son indescriptibles.
Artículo publicado el 18 de enero de 2026 en la edición 1199 del semanario Ríodoce.
