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Cuando la soberanía se escribe en dos direcciones

Ajo Blanco/Cuauhtémoc Villegas Durán.

El 16 de enero de 2026, Carmen Aristegui publicó una versión que, en su núcleo, abre un debate que ya no puede ser eludido: la relación entre las Fuerzas Armadas mexicanas y los mecanismos de influencia que operan más allá de nuestras fronteras. En la entrevista un periodista estadounidense menciona que el llamado Comando Norte de Estados Unidos habría “avalado” cambios en titulares de las fuerzas castrenses mexicanas — un señalamiento que, más allá de su literalidad, obliga a repensar la naturaleza real de la soberanía en la política de seguridad moderna.

Si aceptamos que no existe una única interpretación posible de los hechos reportedos —y que hasta ahora no hay un documento público que confirme órdenes directas del Pentágono— la cuestión central no estriba en si hubo o no “influencia” estadounidense sobre decisiones de mando. La cuestión profunda es otra: ¿cómo se produce hoy la gobernanza de la violencia en un país que profesa soberanía pero opera en un sistema internacional asimétrico?

Porque lo que está en juego no es un escenario de ocupación tradicional como en los siglos XIX o XX, ni una subordinación explícita mediante tropas extranjeras en suelo mexicano. Hoy la subordinación —si es que se da— opera por otras vías:

  • Cooperación institucional: agencias de inteligencia y seguridad que comparten información y estrategias.
  • Presiones diplomáticas y económicas: condicionantes que obligan a alineamientos más que a decisiones autónomas.
  • Interdependencia regional: narcotráfico, migración y comercio ilegal son fenómenos transfronterizos que ningún país puede enfrentar aisladamente.

En este contexto, cuando se argumenta que decisiones sobre mandos castrenses son “respaldadas” por un actor extranjero, la lectura no solo debe mirarse desde la óptica del derecho internacional, sino desde la realpolitik contemporánea: en un sistema global estructurado alrededor del poder estadounidense, incluso los países con aspiraciones soberanas —desde México hasta Brasil o Sudáfrica— se encuentran constantemente navegando entre autonomía formal y dependencia estratégica.

Eso no significa que México no tenga agencia. Significa que hoy la soberanía no se ejerce en aislamiento, sino en interacción constante con estructuras de poder globales que modelan incentivos, recursos, alianzas y prioridades.

El verdadero debate geopolítico no es si existe una injerencia directa o una orden explícita. El debate es esta tensión: un Estado que proclama independencia de acción, pero que opera en una esfera donde las decisiones estratégicas se co-construyen con actores externos, por necesidad o por diseño.

Desde la perspectiva de seguridad, esto plantea preguntas ineludibles:

  • ¿Qué tan independientes son las decisiones de política militar cuando se construyen en marcos de cooperación que están definidos por intereses asimétricos?
  • ¿Dónde termina la colaboración legítima y empieza la subordinación funcional?
  • ¿Es posible una doctrina de seguridad verdaderamente autónoma cuando el principal socio estratégico está al norte y no existe un contrapeso real en la región?

Responder a estas preguntas no es una cuestión de propaganda ni de lealtades automáticas. Es preguntarse, con honestidad analítica:
¿Hasta qué punto podemos hablar de soberanía si las decisiones estratégicas —aunque tomadas aquí— responden a lógicas que exceden lo estrictamente nacional?

Esa es la verdadera geopolítica de nuestro tiempo. Y negarla, disfrazarla o reducirla a slogans no ayuda ni a la claridad ni al país.

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