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EL ATENTADO COMO ESCENARIO: EL “MARTIRIO” CALCULADO DE GARCÍA HARFUCH

Por: Cuauhtémoc Villegas Durán

La mañana del 26 de junio de 2020, las Lomas de Chapultepec se convirtieron en el set de filmación de la mayor maniobra de supervivencia política de la que se tenga memoria en el México contemporáneo. Mientras el pavimento aún estaba caliente por los casquillos de Barrett .50 y la sangre de los escoltas caídos no terminaba de secarse, el entonces Secretario de Seguridad de la capital, Omar García Harfuch, ya había dictado sentencia. Sin peritajes, sin detenidos confesos, sin una investigación mínima, el “superpolicía” ya tenía un culpable: el CJNG.

Este acto no fue una corazonada; fue una operación de blindaje mediático diseñada para convertir una falla garrafal de inteligencia en una medalla de invulnerabilidad.

La Foto: El Fetiche del “Guerrero”

Minutos después del ataque, una fotografía comenzó a circular con la velocidad de un virus: Harfuch en la cama del hospital. La imagen es el epítome de la banalidad del mal. En un país donde las víctimas de desaparición forzada son ignoradas y sus madres son recibidas con gases lacrimógenos, el sistema nos regaló un “sex-symbol” herido.

Se nos vendió la estética del héroe caído: el rostro de la “media mexicana” —maquillado por el presupuesto de imagen y el privilegio de casta—, como símbolo de sacrificio y la mirada fija como promesa de venganza. Para una sociedad idiotizada por las bioseries de criminales y los programas de chismes, Harfuch se transformó en el protagonista de una telenovela de acción. Se vendió como objeto sexual para las masas mientras los cuerpos de sus subordinados, los que realmente pusieron el pecho, eran despachados a la morgue en el anonimato.

El Heredero de la DFS y el Silencio de Guerrero

Pero detrás del barniz de galán de redes sociales, el expediente grita lo que el maquillaje calla. Harfuch es el nieto del 68 y el hijo de la DFS de la Guerra Sucia. Su formación no es la del policía que sirve, sino la del mando que controla y, de ser necesario, reprime.

Es el mismo personaje que, como Coordinador Estatal de la Policía Federal en Guerrero en 2014, ha sido señalado por la persistente investigación de periodistas como Guadalupe Lizárraga y el análisis del “Informe Pascal”. ¿Dónde estaba realmente la noche de Iguala? ¿Por qué su nombre aparece en las minutas de seguridad de un estado que entregó a 43 normalistas al abismo? El blindaje que le otorgó la foto en el hospital sirvió, sobre todo, para que nadie volviera a preguntarle por Ayotzinapa. Si el “Mencho” te quiere matar, automáticamente te conviertes en “el bueno”, aunque tus antecedentes huelan a los sótanos de la Dirección Federal de Seguridad.

La Exclusión de la SEDENA y el “Show” de la Incompetencia

La realidad del poder no se ve en Instagram. Se sabe que desde la captura de Nemesio Oseguera en Jalisco, la SEDENA ha marcado una raya de fuego con el secretario. No lo ven como un aliado, sino como un cabo suelto de la escuela de García Luna, un civil que juega a la guerra con recursos públicos y que prefiere la portada de una revista de modas que la coordinación táctica real.

Mientras él se vende como el amante de la ley en programas de espectáculos para capturar el voto femenino a través de la vanidad, el país se desmorona. En Cosío, en los límites de Aguascalientes y Zacatecas, los cuerpos siguen apareciendo encintados y torturados. Pero para la narrativa oficial, eso es secundario. Lo importante es que el secretario se vea “impecable” en su próxima entrevista.

La Sociedad de la Amnesia

Hemos permitido que los represores y los cómplices de la opacidad sean elevados a la categoría de deidades por el simple hecho de tener una mandíbula cuadrada y un equipo de comunicación eficiente. En este México de espejismos, los que buscan con varillas en la tierra son llamados “pendejos”, mientras que el que usa el atentado contra su vida para lanzar una campaña política es aplaudido como el salvador.

Harfuch acusó antes de investigar porque la verdad no le importaba; le importaba la narrativa. Su “belleza” es la máscara de un sistema forense fallido, de una seguridad de aparador que nos vende orden mientras nos entrega fosas. Es hora de dejar de mirar el empaque y empezar a leer el expediente, porque debajo de la bata del hospital y del traje caro, lo que hay es el peso de una historia familiar de sangre y una incapacidad actual que se disfraza de galanura.

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