
“Abrazo tus restos, es lo que me queda”: Madre Buscadora localiza a su hijo en Hermosillo tras 7 años de dolor
Cuauhtémoc Villegas Durán/IA
HERMOSILLO, SONORA. – “¡Vamos a casa, hijo!”. La frase, pronunciada con una voz quebrada por la fatiga y el llanto, no marcaba el final de una jornada escolar o de trabajo. Era el grito de victoria y dolor de una madre que, tras siete años de luchar contra el olvido, la apatía del Estado y la tierra dura del desierto, finalmente localizó los restos de su hijo.
El hallazgo ocurrió este [Día de la semana], en el kilómetro 46 de la Carretera 26, en las inmediaciones de Hermosillo. Allí, donde solo el sol abrasador es testigo, la fuerza de una promesa de madre rompió el silencio de una fosa clandestina.
Siete años de buscar vida entre la muerte
[Nombre de la madre buscador, si lo tienes], integrante del colectivo [Nombre del colectivo, si lo tienes], narró con crudeza los años de infierno. Siete años en los que “dejaron parte de su sangre y piel”, llorando para quitarse el polvo que las cegaba, no por el dolor físico, sino por la urgencia.
“Creía que con cada paso te iba a encontrar con vida, que llegaría a tiempo para protegerte, para abrazarte… Siempre supe que te encontraría, pasara el tiempo que pasara, porque no tenía otro motivo en la vida”, expresó con una impotencia que cala los huesos.
La desaparición de su hijo, Marco Antonio Sauceda Rocha, en 2019, le robó el miedo. Confiesa que la ausencia de su “niño” se llevó su cansancio, reemplazándolo por una determinación inquebrantable que hoy, ante la certeza de la muerte, se transforma en una fatiga física y emocional indescriptible.
El milagro incompleto
El consuelo de encontrarlo llegó acompañado de una nueva crueldad. “Abrazo tus restos, es lo que me queda, es lo que me dejaron”, dijo la madre, al confirmar que el cuerpo de Marco Antonio no está completo. La exposición a los elementos y la acción de los animales carroñeros dispersaron y desaparecieron “muchísimos restos”.
Con el alma rota, denunció que “ninguna madre merece recoger solamente huesos dispersos en un lugar inmenso”, especialmente después de años de investigación propia para dar con los responsables.
La espera de la ciencia
A pesar de la magnitud del hallazgo, la certeza legal aún depende de la ciencia. La madre acudirá a la Fiscalía General de Justicia del Estado (FGJE) para solicitar las pruebas de ADN correspondientes que confirmen la identidad de los huesos encontrados.
Por lo pronto, en el kilómetro 46 de la Carretera 26, una madre ya no busca un cuerpo completo, sino que “abraza a un puño de huesos” que, según toda evidencia, son los de su hijo. Marco Antonio ha vuelto, y con él, la promesa cumplida de una madre que nunca lo dejó solo en el olvido.
Análisis / El Ribete de Data2:
“La historia de [Nombre de la madre] no es un caso aislado, es la radiografía del fracaso del Estado mexicano en materia de seguridad y desaparición forzada. Que una madre tenga que rastrear, excavar y, finalmente, abrazar ‘huesos dispersos’ porque las autoridades son incapaces de proteger, investigar y entregar cuerpos dignos, es una vergüenza nacional. La lucha de las madres buscadoras es el único faro de dignidad en un desierto de impunidad.”
