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SAN SALVADOR. – Se cumplen décadas desde aquel 24 de marzo, cuando un solo disparo al corazón intentó silenciar la denuncia más incómoda del continente. Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo que pasó de ser un conservador de libros a convertirse en el “profesor de la justicia”, sigue siendo hoy el espejo más peligroso para los caciques de América Latina. Lo mataron mientras elevaba la hostia en plena misa.

De la sacristía al lodo de la realidad

La historia de Romero es la de una conversión provocada por la sangre. Inicialmente visto por la élite salvadoreña como un clérigo “seguro” y tradicional, su postura cambió radicalmente tras el asesinato de su amigo, el jesuita Rutilio Grande. Fue entonces cuando Romero entendió que la Iglesia no podía ser cómplice del silencio mientras los escuadrones de la muerte desaparecían campesinos.

“Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”, sentenció antes de que el capitán Álvaro Saravia y los grupos de ultraderecha ejecutaran la orden de magnicidio mientras oficiaba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia.

El “Manual del Cacique” aplicado a la fe

  1. La Estigmatización: Antes de matarlo, lo llamaron “comunista”, “agitador” y “loco”. La prensa oficialista de la época montó una campaña de desprestigio idéntica a la que hoy vemos contra los periodistas que incomodan al poder.
  2. La Orden de Fuego: El último sermón de Romero fue su sentencia de muerte. Se atrevió a pedirle a los soldados —hijos de campesinos— que desobedecieran una orden superior si esta implicaba matar a sus propios hermanos. “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo… ¡les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: cese la represión!”.

Un Santo para los desaparecidos de hoy

En un México que en este 2026 llora a más de 133,000 desaparecidos, la figura de San Romero de América cobra una vigencia brutal. No es solo un santo de altar; es el patrono de los que buscan, de los que denuncian y de los periodistas que, como tú en Objetivo7, se niegan a aceptar la versión oficial de los hechos.

Su canonización no fue solo un acto eclesiástico, sino el reconocimiento de que la verdad tiene un costo que solo los valientes están dispuestos a pagar.

El Hilo Negro: De los Escuadrones de la Muerte a los “Brazos Armados” del Siglo XXI

La muerte de San Romero no fue un arrebato de un loco solitario; fue una operación quirúrgica de los Escuadrones de la Muerte. Al analizar la estructura de aquellos grupos dirigidos por Roberto d’Aubuisson en los años 80 y compararlos con las “fuerzas especiales” de los cárteles que hoy azotan nuestra región, las similitudes son escalofriantes:

  • La Táctica del Terror: Al igual que en El Salvador, donde los cuerpos aparecían en “El Playón” para enviar un mensaje a la insurgencia, hoy en los Altos de Jalisco y el semidesierto zacatecano los cuerpos se dejan en plazas públicas o cisternas (como el hallazgo del Boulevard San Marcos) para paralizar a la sociedad. Es la pedagogía del miedo.
  • La Simbiosis con el Poder: Los escuadrones salvadoreños eran financiados por la oligarquía y protegidos por el ejército. En el México de hoy, la impunidad con la que operan ciertos grupos criminales en zonas rurales de Jalisco sugiere un “pacto de omisión” similar. El cacique regional ya no solo es político; es un señor de la guerra que utiliza al brazo armado para limpiar el terreno de opositores, periodistas y líderes sociales.
  • El Enemigo Interno: A Romero lo mataron por pedirle a los soldados que no dispararan contra su propio pueblo. Hoy, los jóvenes desaparecidos en nuestra región son reclutados a la fuerza o ejecutados por esos mismos “hijos del pueblo” que, uniformados por el narco, han perdido toda brújula moral bajo el efecto del dinero y el terror.

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