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Foto; Carlos piedra Ibarra/

𝗟𝗔 𝗛𝗜𝗦𝗧𝗢𝗥𝗜𝗔 𝗗𝗘 𝗨𝗡𝗔 𝗙𝗢𝗧𝗢

Jaime Laguna Berber

Esta imagen no es sólo una fotografía: es una restitución. Es la recreación de una toma hecha por Carlos Piedra Ibarra en 1989, en el contexto de nuestra comparecencia ante la entonces Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal para iniciar diversas averiguaciones previas por compañeras y compañeros desaparecidos.

La escena tiene una gravedad particular: no retrata a cinco hombres reunidos por azar, sino a sobrevivientes de la represión estatal que, después de la desaparición forzada, la tortura y la prisión, volvieron a presentarse públicamente no para pedir indulgencia, sino para exigir verdad y justicia. Carlos Piedra Ibarra, que dejó también su testimonio en imágenes de aquella lucha, falleció el 5 de febrero de 2021.

En el extremo izquierdo aparece Julio Melchor Rivera Perrusquía. Su itinerario político resume una parte de la historia dura de esa generación: militante del Partido Proletario Unido de América, víctima también de desaparición y cárcel, y más tarde incorporado al Partido Revolucionario de los Trabajadores. En él, como en otros, ese paso no fue una mudanza o reacomodo orgánico; fue la decisión de darle continuidad a una convicción derrotada en el terreno militar, pero no en el terreno moral ni político. Julio murió en julio de 1995; diversas referencias conmemorativas sitúan su fallecimiento el 25 de julio de ese año, en Morelia.

A su lado estoy yo, Jaime Laguna Berber. También fui desaparecido, también fui preso, y también encontré en el Partido Revolucionario de los Trabajadores una forma de proseguir una misma fidelidad histórica: la idea de que la lucha por la revolución socialista en México no había terminado con la caída de una organización ni con la salida de prisión de sus militantes. Esa continuidad fue, para varios de nosotros, una manera de rehacernos sin renunciar, de volver a intervenir en la historia sin aceptar que el terror del Estado tuviera la última palabra.

En el centro está Mario Álvaro Cartagena López, “El Guaymas”, con las muletas que también cuentan una historia. Militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, desaparecido, torturado y preso, Mario cargó en su cuerpo las marcas más visibles del exterminio; sin embargo, siguió participando en la lucha política y en los trabajos de memoria, entre ellos los vinculados al periódico Madera, hasta su muerte. Falleció el 13 de julio de 2021. Su presencia en esta imagen tiene algo más que un valor testimonial: muestra que hubo hombres a quienes el aparato represivo mutiló físicamente sin lograr quebrarles la convicción.

Luego aparece José Arturo Gallegos Nájera, fundador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. También conoció primero la desaparición y después la prisión, que en su caso se prolongó durante ocho años. Desde su cautiverio se incorporó al Partido Revolucionario de los Trabajadores, sostuvo una militancia política y sindical intensa en Guerrero y se volvió defensor de derechos humanos. Murió el 24 de mayo de 2020, en los meses crueles de la pandemia, y con él se fue otro de esos hombres cuya vida desmiente la imagen del ex militante reducido a reliquia o arrepentimiento.

En el extremo derecho está Antonio Hernández Fernández, militante del Partido de los Pobres, uno de quienes participaron en el traslado del dinero del rescate pagado para la liberación de Rubén Figueroa. También fue desaparecido. También fue brutalmente torturado. Después se incorporó al Partido Revolucionario de los Trabajadores y se convirtió, para muchos, en una figura de gran peso político y moral en el Frente Nacional Contra la Represión, muy cercano a Rosario Ibarra de Piedra y a las luchas de denuncia y acompañamiento. Falleció en 2021. Es mucho sentidos. Él es uno de los precursores en México de la cultura de los derechos humanos. Él logró, con su tesón, llevar la lucha en contra de la represión, a la lucha por los derechos humanos en México.

Hay un hecho que esta fotografía permite leer, no es casual que cuatro de los cinco retratados hayamos continuado militando en el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Eso no obedeció a la nostalgia ni a la necesidad de pertenecer a algo después del desastre. Fue la forma de mantener la continuidad de nuestras convicciones revolucionarias, de trasladar a otra forma organizativa la misma aspiración de fondo: la Revolución Socialista en México. Cambiaron las circunstancias, cambiaron las posibilidades tácticas, cambió incluso el tiempo histórico, pero no se extinguió el núcleo de la apuesta.

Lo decisivo es no dejar que los muertos fueran doblemente derrotados: primero por el aparato represivo y luego por el olvido.

Hoy casi todos los que aparecen en esta imagen han fallecido. Eso hace más pesado el deber de quien sigue aquí. Sobrevivir no es un mérito; casi es un accidente de la historia.

Sobrevivir impone una responsabilidad y tiene varios rostros.

Uno es la fidelidad personal a quienes fueron mis compañeros y compartieron conmigo una época de clandestinidad, cárcel, riesgo y convicción.

Otro, es el compromiso con todas y todos los ausentes, en especial con quienes no tuvieron siquiera la posibilidad de llegar a la prisión y fueron arrancados por completo del mundo visible.

Y otro, inseparable de los anteriores, es la obligación de seguir luchando por esclarecer su paradero, su destino, su suerte, y sobre todo por arrancarle al Estado una verdad completa y una justicia que han sido negadas durante décadas.

Esta fotografía recreada no mira hacia atrás. También interpela. Recuerda que la memoria no sirve para embalsamar el pasado como pieza de museo, sirve para impedir que la derrota se convierta en doctrina y que la impunidad se vuelva costumbre nacional.

Aquí se ve una generación golpeada, diezmada, perseguida, pero no extinguida. Una generación que encontró, aun entre ruinas, la manera de seguir diciendo que la justicia social no era una extravagancia juvenil ni un error de cálculo, sino necesidad histórica.

Ser el que permanece con vida me compromete. Me compromete con sus nombres y con sus silencios.

Me compromete con los desaparecidos y con los ejecutados. Me compromete con la tarea de preservar la memoria, de reconstruir la verdad, de exigir justicia y de mantener en alto, sin pose, la bandera de la revolución socialista.

Para nosotros el socialismo nunca fue una palabra de moda, fue y sigue siendo, la forma más alta de nombrar un país con justicia, con equidad para todas y todos, con dignidad para quienes viven del trabajo y con verdad para quienes han sido condenados a la ausencia.

Esta fotografía no cierra nada; deja ver que la tarea de lucha por el Socialismo sigue en la orden del día

La foto original fue publicada en la revista “Los encontraremos” del Comité Eureka

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