0 12 min 1 hora

𝟮𝟬𝟮𝟳 𝘂𝗻 𝗵𝗼𝗿𝗶𝘇𝗼𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗔𝗿𝗺𝗮𝗴𝗲𝗱𝗼́𝗻 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗹𝘂𝗰𝗵𝗮 𝗶𝗺𝗽𝗲𝗿𝗶𝗮𝗹𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝗲𝗹 𝗰𝗮𝗽𝗶𝘁𝗮𝗹

Jaime Laguna Berber

Recién recibí un video en donde aparece una consulta a Grok la IA de Elon Musk ; ahí se presenta una “profecía” de una tercera guerra mundial para 2027. Tomar la respuesta de una inteligencia artificial como predicción histórica sería un error. Una IA puede ayudar a ordenar datos, resumir escenarios o cruzar información, pero no puede convertir la historia en una fecha mágica. Comparto el enlace al video en comentarios

La geopolítica no funciona como horóscopo y menos cuando se trata de guerra. Pensar que una máquina “descubrió” que en 2027 habrá una tercera guerra mundial es una forma para abstenerse de pensar. Y no pensar es lo que conviene a la propaganda.

Existe un problema real. El mundo vive una confrontación entre grandes potencias. No se trata de choques entre gobiernos o de rivalidades entre mandatarios. Está en juego una lucha por mercados, materias primas, energía, rutas comerciales, zonas de influencia y condiciones favorables para la acumulación de capital.

Es el capital. Estamos ante una disputa por la reproducción ampliada del capital a escala mundial.

Desde una mirada marxista, el capitalismo no vive de la paz, sino de la expansión… y de la guerra. Necesita crecer, abrir nuevos espacios de inversión, controlar recursos, colocar mercancías, asegurar ganancias y reorganizar constantemente el mundo en función del capital. Cuando esa expansión encuentra límites, cuando aparecen problemas de sobreproducción, sobreacumulación o caída de la rentabilidad, la competencia entre potencias se vuelve más agresiva. Entonces la guerra, o la preparación de la guerra, deja de ser accidente y se convierte en una salida del sistema.

Por eso 2027 aparece en estos debates: porque es punto de referencia en la planeación militar y estratégica. Es horizonte de preparación, no fecha fatal.

Que una potencia busque tener capacidad militar para una confrontación no significa que haya tomado la decisión política de iniciarla en un día exacto. Confundir capacidad con decisión es una forma equivocada de analizar la realidad.

Tampoco ayuda imaginar al mundo como un tablero dividido entre “buenos” y “malos”, o entre dos bloques compactos.

La confrontación existe, pero no es mecánica ni simétrica. Hay alineamiento, más en unos terrenos que en otros. En algunos casos, las potencias occidentales actúan con mayor unidad, sobre todo frente a Rusia. En otros, como en la relación con China, aparecen ambigüedades, negocios cruzados, dependencias tecnológicas y vacilaciones estratégicas.

Eso no quita que la tendencia general sea el endurecimiento de la disputa imperialista.

𝗡𝗼, 𝗻𝗼 𝗲𝘀 ❞𝗶𝘇𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗱𝗮❞ 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 ❞𝗱𝗲𝗿𝗲𝗰𝗵𝗮❞. 𝗡𝗶 𝗹𝗮𝘀 𝗵𝘂𝗲𝘀𝘁𝗲𝘀 𝗰𝗲𝗹𝗲𝘀𝘁𝗶𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗲𝗹 𝗿𝗲𝗶𝗻𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗹: 𝗡𝗶 𝗥𝘂𝘀𝗶𝗮 𝗼 𝗖𝗵𝗶𝗻𝗮 𝘀𝗼𝗻 𝗱𝗲 𝗶𝘇𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗱𝗮 𝘆 𝗲𝗹 𝗼𝘁𝗿𝗼 𝗯𝗹𝗼𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝗹𝗮 𝗱𝗲𝗳𝗲𝗻𝘀𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝘁𝗮𝗱. 𝗧𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗿𝗲𝗽𝗿𝗲𝘀𝗲𝗻𝘁𝗮𝗻 𝗱𝗶𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲𝘀 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗽𝗶𝘁𝗮𝗹𝗶𝘀𝗺𝗼 𝘆 𝘀𝗶𝗿𝘃𝗲𝗻 𝗮 𝗹𝗼𝘀 𝗽𝗼𝗱𝗲𝗿𝗲𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗰𝗮𝗽𝗶𝘁𝗮𝗹, 𝘀𝗲𝗮 𝗲𝗻 𝘀𝘂 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮 𝗱𝗲 𝘁𝗲𝗰𝗻𝗼𝗯𝘂𝗿𝗼𝗰𝗿𝗮𝗰𝗶𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗮𝘁𝗮𝗹 𝗼, 𝗲𝗻 𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮 𝗮𝗯𝗶𝗲𝗿𝘁𝗮, 𝗰𝗮𝗽𝗶𝘁𝗮𝗹𝗶𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗽𝗼𝗱𝗲𝗿 𝗽𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗼, 𝗲𝗻𝗹𝗮𝘇𝗮𝗱𝗼𝘀 𝘂𝗻 𝘀𝗶𝗼𝗻𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗳𝗮𝘀𝗰𝗶𝘀𝘁𝗮 𝘆 𝘂𝗻 𝗰𝗿𝗶𝘀𝘁𝗶𝗮𝗻𝗶𝘀𝗺𝗼 𝘀𝗶𝗼𝗻𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗹𝘁𝗿𝗮 𝗱𝗲𝗿𝗲𝗰𝗵𝗮.

No es la lucha del ejército de Dios contra el Anticristo; no es el Armagedón: esto puede ser peor.

Aranceles, sanciones, bloqueos, restricciones tecnológicas, control de cadenas de suministro, presión diplomática sobre terceros países y pelea por infraestructuras estratégicas forman parte del mismo proceso. Son instrumentos de una guerra económica que acompaña y prepara otros choques. El capitalismo no separa la economía de la guerra: usa la economía como arma y usa la guerra como forma de reorganización económica.

En América Latina esto se siente. La presión sobre los gobiernos para reducir vínculos con China, reordenar tratados, modificar rutas comerciales o limitar inversiones extranjeras no es un simple asunto diplomático.

Es parte de la disputa por el control regional dentro de una confrontación mayor. Los países periféricos quedan atrapados entre bloques que buscan subordinarlos a sus propias necesidades estratégicas. En lugar de soberanía se ofrece dependencia reacomodada.

La energía ocupa un lugar central. Petróleo, gas, minerales estratégicos, rutas marítimas y puntos de estrangulamiento comercial se vuelven piezas decisivas de la lucha entre potencias. El capital industrial, financiero y militar necesita asegurar flujos constantes de energía y materias primas.

Ciertas regiones del mundo se vuelven explosivas. Van por Venezuela, luego Irán. No porque sean malditas por la historia, sino porque concentran recursos indispensables para la acumulación. Cuando varias potencias dependen de los mismos recursos y de las mismas rutas, el riesgo de choque aumenta.

No es una guerra mundial de un día para otro, sino una confrontación sistémica, prolongada, desigual e híbrida. Una guerra fría inestable, fragmentada y peligrosa, donde se conecta la pelea por Taiwán, la guerra en Ucrania, la presión sobre Irán, la militarización del comercio, el control tecnológico y la disputa por energía y materias primas.

El peligro no es una fecha, sino el encadenamiento de crisis que pueden escalar unas sobre otras.

Desde el marxismo, la guerra no aparece por locura de algunos gobernantes, aunque los gobernantes importen. Aparece porque el capitalismo, cuando entra en tensiones profundas, tiende a resolver sus contradicciones mediante la destrucción. Destrucción de mercancías, de infraestructura, de capital sobrante, de territorios productivos y, desde luego, de vidas humanas. La guerra funciona como forma extrema de reorganizar la acumulación. Lo que no puede resolverse pacíficamente en el mercado-nadie cree en la mano invisible que ordena todo-, el sistema buscará resolverlo por la fuerza.

El fin del capitalismo es la muerte en forma recurrente.

Aquí entramos a la sobreproducción. El capitalismo produce una enorme masa de mercancías, de capacidad instalada, de tecnología y de capital que no siempre logra realizarse con la ganancia esperada. Cuando esa masa choca con límites de mercado, aparecen crisis. Y una de las salidas históricas es la destrucción masiva de capital, de bienes y de vidas. La guerra cumple justamente esa función: arrasa, devalúa, recomienza. Lo hace a un costo monstruoso. El sistema destruye para volver a acumular.

No es la esperanza de resiliencia del ave Fénix, es el castigo eterno de Sísifo y Prometeo

En este proceso, la industria es una fracción poderosa del capital que obtiene ganancias enormes con la militarización del mundo. Necesita presupuestos públicos, enemigos permanentes, tensión internacional, amenazas, carreras armamentistas. Cada misil, cada dron, cada sistema de vigilancia, cada satélite militar, cada munición, cada pieza logística representa negocio. La guerra no sólo destruye: también abre un mercado gigantesco para la producción de medios bélicos. Gloria a satán en el infierno: sus ángeles nos gobiernan

Enfrentamos una redirección de la producción. Recursos que podrían destinarse a vivienda, salud, alimentos, transporte, educación o infraestructura social se dirigen hacia armamento, tecnología militar, inteligencia, control de fronteras y dispositivos de destrucción. Al mismo tiempo, crece el alineamiento ideológico alrededor de uno u otro bloque. Se exige a la población que tome partido en nombre de la patria, de la civilización, de la democracia o de la seguridad. Detrás de esas palabras, se pide obediencia para sostener intereses que pertenecen al gran capital y no a los pueblos.

Los trabajadores siguen pagando la cuenta de la crisis. Las guerras futuras pueden incorporar más automatización, tecnología y una menor presencia física directa en algunos frentes pero eso no cambia el problema. Los trabajadores producen la riqueza, financian el gasto estatal, padecen la inflación, soportan el desabasto, sufren los recortes, cargan con los impuestos y enfrentan el encarecimiento de los medios básicos de vida. La guerra tecnológica no elimina el sufrimiento material de las masas; lo redistribuye, oculta y profundiza.

El resultado no será solo muerte y destrucción en los territorios bombardeados. También un empobrecimiento real y material de las mayorías. Alimento más caro, más cara la energía, el transporte, la vivienda, más inestable el empleo, frágiles los servicios públicos y disciplinada la vida social bajo estados de excepción abiertos o encubiertos. La guerra moderna no sólo mata con bombas; también mediante la carestía, precariedad y degradación de las condiciones de existencia.

No es indispensable llamar fascista a Donald Trump para reconocer empuja al mundo hacia una situación riesgosa. Lo central es la forma. Es una forma de ejercer el poder basada en la presión constante, la amenaza, la imposición unilateral, el castigo económico y la idea de que golpear resuelve conflictos. Ese estilo trae tensión, reacciones en cadena y escenarios imprevisibles.

Cuando un jefe de gobierno –pederasta, violador, derechista, cristiano sionista, todo junto- cree que la fuerza basta para disciplinar rivales, aliados y mercados estamos en riesgo. Aranceles, sanciones, advertencias militares, presión sobre terceros países e intervenciones directas puede parecer eficaces a corto plazo, pero se alimenta el desorden general del sistema. El capitalismo es el reino del caos, del desorden.

Cada movimiento coercitivo obliga a los otros bloques a responder, rearmarse, reacomodarse o cerrar filas. El tablero internacional se vuelve explosivo.

El problema no es si estamos en camino hacia una tercera guerra mundial. El problema es que el capitalismo global atraviesa una fase en la que sus contradicciones se están militarizando. La disputa por mercados, materias primas, energía, tecnología y control geopolítico está empujando a los Estados hacia una lógica de confrontación creciente. Y la guerra aparece como una posibilidad más integrada al funcionamiento del sistema.

No hay base seria para convertir a 2027 en una profecía. Pero tampoco hay razones para no preocuparse. La lucha imperialista es por la reorganización del mundo, expansión del complejo militar-industrial, una presión creciente sobre países periféricos, una pelea por energía y materias primas, y una tendencia a descargar el costo de esta crisis sobre las masas trabajadoras. El resultado previsible, si esa dinámica sigue, no será sólo más destrucción material, sino también más pobreza, autoritarismo y sufrimiento social.

En México la derecha atiza contra el gobierno como si tuviéramos un gobierno de izquierda; el entorno hace crecer a la derecha mientras el gobierno hace recortes en todas las áreas posibles desde salud, vivienda, educación y mantiene programas asistenciales para comprar votos

Estamos ante una etapa peligrosa del capitalismo. Y, como otras veces en la historia, si los pueblos no intervienen, serán obligados a pagar con guerra, hambre, con miedo y con muerte una crisis que no provocaron. Y serán llamados a votar como si eso fuera libertad

Siempre estará vigente la divisa de Rosa Luxemburgo: Socialismo o Barbarie

Al final, no hay nada que perder

Deja un comentario