0 3 a5 07804384e03a86804e01040c301e325d02481b462482788Una mujer del Bloque Negro con un bat amenaza al fotógrafo en una marcha del 8M en Guadalajara. Foto/Cuauhtémoc Villegas Durán/Objetivo7fotógrafos.
El próximo 8 de marzo, México no solo conmemora una fecha en el calendario; se enfrenta a un espejo que refleja tanto su mayor crisis humanitaria como su movimiento civil más vibrante. El 8M de 2026 llega en un contexto donde el poder político ha sido alcanzado por mujeres en las más altas esferas, pero donde la realidad en las calles y hogares sigue dictada por el miedo y la desigualdad.
La urgencia de la rabia
La necesidad de este movimiento no es un debate, es un imperativo de supervivencia. En un país donde se mantienen cifras críticas de más de 10 mujeres asesinadas al día, la marcha es el único espacio donde el dolor se vuelve colectivo. La crisis de desapariciones añade otra capa de horror: de las más de 133,000 personas no localizadas, casi 30,000 son mujeres, muchas de ellas menores de edad, lo que evidencia que el Estado sigue llegando tarde.
A esto se suma una violencia económica persistente. La brecha de participación laboral entre hombres y mujeres se mantiene en casi 30 puntos porcentuales, y aquellas que logran entrar al mercado perciben un 35% menos de salario que sus pares varones. Mientras las mujeres sigan dedicando 2.5 veces más tiempo a las tareas de cuidados no remunerados, la cacareada “igualdad sustantiva” seguirá siendo un eslogan de campaña y no una realidad de vida.
Las grietas en la sororidad
Sin embargo, el feminismo mexicano de 2026 no es un bloque monolítico. Al interior del movimiento, las tensiones han escalado hacia lo que algunos sectores califican como intolerancia. La fractura más profunda se observa en la exclusión de las mujeres trans. Grupos radicales (identificados como TERFs) sostienen que la identidad de género basada en la autopercepción “borra” al sujeto político mujer, lo que ha generado marchas divididas y enfrentamientos ideológicos que desgastan la unidad del reclamo.
Asimismo, surge una crítica necesaria desde las periferias: el reclamo contra un “feminismo blanco” que, desde el privilegio, instrumentaliza las luchas de mujeres indígenas, afrodescendientes y trabajadoras sexuales, pero no abraza sus vulnerabilidades específicas. El debate sobre el trabajo sexual —abolicionismo frente a regulacionismo— sigue siendo un campo de batalla donde ambos bandos se acusan de perpetuar el estigma o la explotación.
Conclusión
El 8M es, simultáneamente, un grito de justicia y un laboratorio social de contradicciones. Aunque existen avances en la homologación de protocolos para investigar feminicidios, la deuda histórica es inmensa. La sociedad debe entender que las pintas e iconoclasias son el síntoma de una herida abierta, no la enfermedad.
Este domingo, las calles se llenarán de nuevo. Lo harán con la esperanza de un México que ya tiene mujeres en la presidencia y el Congreso, pero que aún les debe la garantía más básica: la de volver a casa vivas, libres y con los mismos derechos económicos que el resto.
