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A Ricardo Mizael, le preguntaron por otro nombre

Testigos del asesinato señalan que el joven de 16 años negó ser a quien buscaban, pero aún así le dispararon

Ríodoce/Alejandro Monjardín.- La carretera a Imala fluía con el tráfico habitual de la mañana el miércoles 11 de febrero. A las 9:30 horas se reportó otro ataque como los que se repiten en Culiacán: dos hombres en motocicleta dispararon contra un joven. Más de 20 casquillos quedaron esparcidos sobre el pavimento. Una mujer resultó herida.

Minutos antes, en una casa cercana, Ricardo Mizael, de 16 años, pidió permiso a su madre para salir a una farmacia. Era estudiante de primer año en la preparatoria Emiliano Zapata y jugaba básquetbol en la Academia Águilas de la UAS. Salió para comprar un biberón y alimentar a un gatito que había rescatado.

No volvió

La madre comenzó a inquietarse cuando, a través de una transmisión en vivo en redes sociales, se enteró de un tiroteo sobre la ruta que solía recorrer. Llamó a su hijo pero no obtuvo respuesta, y tras poner al tanto a su esposo, le pidió a un vecino que la llevara al lugar. El cuerpo quedó tendido frente al Colegio Mar de Cortés, donde él había estudiado la secundaria hasta el año pasado.

“¿Pero ya no pueden hacer nada para ayudarlo? Él es un niño bueno, nada más venía a la farmacia… pero ya no volvió, ya no volvió”, decía la madre a los agentes.

Minutos después llegó su esposo, padrastro del joven. Tras ver el cuerpo cubierto con una manta azul, exigió una ambulancia.

“¿Por qué no hacen nada?, ¿dónde está la ambulancia?, ¿por qué nadie lo ayuda?”, gritó a un agente de la Secretaría de Seguridad Pública y Protección Ciudadana.

—No hay nada que podamos hacer —respondió el oficial.

La indignación lo desbordó.

—Hay una patrulla en cada pinche esquina, ¿qué pasa con ustedes? Es un niño. ¿De qué sirven entonces? Es un niño, le gusta el anime, no le gusta nada del narcotráfico, no mamen —gritó al oficial.

Luego se volvió hacia su esposa.

—¿Qué pasó, amor?, ¿qué vamos a hacer?

—No sé… no sé.

Respondió lo mismo a ambas preguntas. Después soltó el llanto que había contenido frente a los oficiales.

La confusión

Conocía esa calle: los tacos, la ferretería, la farmacia y el negocio de carnitas. Durante tres años asistió a clases al colegio que se ubica en medio de esos comercios; ahí jugaba básquetbol, futbol y hablaba de videojuegos con sus amigos.

Al llegar a la entrada fue interceptado por dos hombres armados en motocicleta. Le preguntaron por un nombre que no era el suyo. Negó ser esa persona y asustado, intentó huir. Uno de los agresores se bajó y disparó.

Buscó refugio entre las ollas de barro y las mesas de un negocio de tacos de guisos atendido por dos hermanas.

Un día después, la madre de las jóvenes —una de ellas herida durante el ataque— relató lo ocurrido mientras atendía su puesto, a pocos metros del sitio donde fue asesinado el adolescente.

“Las niñas me dijeron que cuando llegó ya venía agarrándose la panza y se metió para que le ayudaran, pero pues ellas qué iban a hacer, aquí solas”, relata.

“Cuando llegó el de la moto le decía un nombre, pero el muchachito les decía que él no era. Entonces le gritó a mi niña que lo sacara, porque él no se quería salir, les pedía que lo ayudaran. Mi hija, la mayor, lo que hizo fue agarrar a su hermana y empujarla fuerte para tirarla al suelo porque empezaron a tirar balazos. Ella se volteó para otro lado y dice que no sintió cuando le pegó la bala en la rodilla, hasta después”.

Hace una pausa y se señala la pierna.

“Dicen que fue una esquirla, pero no se la pudieron sacar los doctores. Le entró por aquí y se le quedó por acá”, añade mientras sube la mano hasta la mitad del muslo.

Vuelve la mirada hacia la calle.

“El muchachito se salió, porque fue ahí afuera donde cayó; el otro se acercó y le siguió tirando. Le vació todo lo que traía. Ahí quedaron los hoyos en la banqueta”.

Los impactos siguen visibles en el concreto. Entre las manchas de sangre seca, unas cuantas veladoras y un ramo de flores amarillas.

La despedida

La Academia de Básquetbol Águilas lamentó su muerte en un comunicado. Compañeros lo describieron como un joven tranquilo.

La tarde del jueves fue el sepelio. Decenas de estudiantes llegaron después de clases, todavía con uniforme y mochilas al hombro.

“Lo conocí en primero de secundaria. Desde el primer día nos hicimos compas. Muy bueno el Misa, muy noble y muy buena persona, nunca se metía en problemas con nadie”, contó uno.

“Le gustaba jugar Fortnite, los videojuegos, y los dinosaurios le ‘mamaban’, le gustaba mucho”, recordó otro.

“Yo me enteré porque mi mamá me mandó una transmisión por Facebook. No lo podía creer, quedé como en shock, todavía no lo puedo creer”, dijo una amiga.

El miedo también estuvo presente.

“Mis papás están bien asustados, no me quieren dejar ir a ninguna parte, ni a la tienda”, añade uno de los jóvenes asistentes en el sepelio.

—¿A ti no te da miedo?

“Pues la mera verdad sí, porque no sabe uno si le pueden llegar y quitarle la vida, sin deberla ni temerla, sin hacer nada, así como al Misa. Él no andaba en nada malo, y me da mucho coraje que la gente diga eso, es gente que no sabe nada, que no lo conocía y nada más habla”.

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