Pedro Miguel Rosaldo no manda en Coatzacoalcos, mandan sus amigos del crimen organizado.
Coatzacoalcos: crónica de una violencia que no cesa
En Coatzacoalcos, la violencia dejó de ser una excepción para convertirse en el lenguaje cotidiano del crimen organizado.

Restaurante El Calamar, símbolo de que el narcotráfico manda y decide en Coatzacoalcos.
Despacho 14
El violento oficio de escribir
Alfredo Griz/Los Ángeles Press
Coatzacoalcos, Veracruz —un puerto histórico sobre el Golfo de México, otrora epicentro de comercio y vida costera— ha vuelto a convertirse en escenario de un terror que arropa a la sociedad entera, donde las cifras son frías, pero las historias humanas son cadáveres sin nombre y familias que lloran silencios. En las últimas dos semanas, esta ciudad ha padecido una escalada de violencia extrema, marcada por restos humanos en la vía pública, ataques armados, mensajes intimidatorios y el colapso del tejido social.
Restos desmembrados, hieleras y violencia anunciada
El 12 y 13 de febrero de 2026, autoridades y ciudadanos de Coatzacoalcos fueron testigos de escenas que parecían extraídas de las páginas más crudas de la historia criminal del país:
En menos de 24 horas, tres hieleras con restos humanos fueron encontradas abandonadas en distintos puntos del municipio:
• Una en la colonia Villa Allende, frente a un campo de fútbol.
• Otra en la colonia El Tesoro.
• La tercera sobre la carretera Coatzacoalcos–Villahermosa, cerca del antiguo sitio de la caseta de peaje del Puente Coatzacoalcos II.
En al menos uno de esos contenedores se halló una cabeza humana, acompañada por narcomensajes con amenazas explícitas, un patrón que en casos pasados ha sido interpretado como advertencia de grupos delictivos rivales.
Aunque las autoridades no han proporcionado cifras oficiales de identidad o número final de víctimas, estos macabros hallazgos ya forman parte del cómputo de muertes violentas en un Coatzacoalcos que parece atrapado en una espiral incontrolable.
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De acuerdo con reportes periodísticos basados en fuentes policiales y testimoniales, en ese mismo periodo al menos cuatro ataques con armas de fuego han sacudido diferentes zonas de la ciudad, con un saldo preliminar de tres personas fallecidas por balas y heridas de arma de fuego.
Semejantes escenas no solo conmocionan por su brutalidad física, sino por el mensaje implícito: la muerte puede aparecer sin previo aviso, en la esquina menos esperada, para cualquier vecino, comerciante o trabajador.
El incendio y cierre de El Calamar —el costo humano de emprender
El restaurante El Calamar, un establecimiento icónico del malecón de Coatzacoalcos, se volvió el símbolo urbano de un fenómeno al que pocos querían enfrentarse:
A principios de febrero, este local fue atacado con bombas molotov por dos individuos que llegaron en motocicleta, incendiándolo casi en su totalidad.
Las autoridades, de acuerdo con testimonios y medios locales, encontraron en el lugar una narcomanta con amenazas específicas contra el lugar y sus trabajadores, que apuntaban a que no aceptaran “alianzas” o pagos con un grupo delictivo rival.
Aunque El Calamar intentó reabrir sus puertas ante clientes y turismo, cerró nuevamente de manera indefinida debido a amenazas directas contra su personal y clientes, elevando el costo humano de emprender en un lugar que ya no ofrece seguridad, sino miedo.
Para quienes trabajaban en ese restaurante —cocineros, meseros, proveedores— el cierre no fue solo una pérdida económica, sino un golpe existencial: la amenaza de la violencia se trasladó del espacio público a su sustento y hogar.
La visita de la gobernadora y el contexto político
Durante estos días críticos, la gobernadora Rocío Nahle realizó una visita de trabajo y coordinó una Mesa para la Construcción de la Paz en la región sur del estado, que incluye a Coatzacoalcos. El objetivo oficial de dichas mesas es reforzar la colaboración entre fuerzas estatales, federales y municipales para contener la violencia. Es importante destacar que nada de eso sucedió y ni sucederá; no se atisba un cese a la violencia en la zona sur de Veracruz.
Sin embargo, los hallazgos de restos humanos ocurrieron en una ventana de tiempo estrechamente ligada a esa visita, lo que ha generado cuestionamientos sobre la efectividad inmediata de las estrategias de seguridad vigentes, así como el profundo desafío que enfrenta el estado en materia de gobernabilidad y control territorial.
¿Quiénes disputan el territorio? —la guerra soterrada de grupos criminales
La complejidad del fenómeno violento en Coatzacoalcos no se explica sin mencionar el entramado criminal que ha buscado controlar rutas, extorsión y territorios:
• La llamada “Mafia Veracruzana” ha sido señalada por medios locales como presunto autor de algunos de los ataques recientes, incluidos incendios y mensajes amenazantes contra negocios como El Calamar.
• “Lacras Charras”, otra célula criminal, es mencionada en narcomensajes y versiones periodísticas como un grupo rival al que se le atribuyen pugnas por el control de extorsión y el “cobro de piso” en la zona.
• “CJNG y La Barredora”. La disputa es clara y es evidente que el Grupo Sombra o Mafia Veracruzana, quienes son un remanente de Los Zetas, está tomando el control de la entidad; están desplazando a las otras organizaciones criminales, con la venia, omisión y complicidad de los tres niveles de gobierno. Pareciera que Los Zetas revivieron de nuevo, con otro nombre y con otro gobierno, más corrupto, más permisivo y más criminal que el de Fidel Herrera y el de Javier Duarte.
Este tipo de estructuras —menores si se comparan con cárteles de mayor presencia nacional, pero altamente violentas en el ámbito local— generan territorios autónomos de facto, donde la violencia se expresa con intensidad explosiva.
En muchos de estos conflictos, la línea que divide el crimen organizado de la seguridad civil se difumina y los ciudadanos quedan en medio, vulnerables, sin voz ni espacio para escapar del fuego cruzado.
El costo humano: estadísticas y vidas apagadas
No existen datos oficiales definitivos de todos los asesinatos y ejecuciones en Coatzacoalcos en estas dos semanas —un reflejo de la opacidad en reportes de mortalidad violenta en muchos municipios del país—, pero con base en información periodística:
• Tres personas han muerto por violencia armada atribuida a ataques recientes.
• Tres hieleras con restos humanos sugieren al menos tres víctimas más, aunque sin identificación.
• Otros incidentes previos han incluido ejecuciones de civiles durante enero y principios de febrero.
Más allá de cifras, hay nombres que no conoceremos, vidas que no se contarán en estadísticas oficiales: el padre que no volvió al almuerzo, la madre cuyos hijos preguntan por qué no regresó, el trabajador que desapareció sin dejar mensaje.
El grito contenido de una ciudad asediada
Coatzacoalcos se ha convertido en una encrucijada sangrienta. Sus calles, que alguna vez fueron rutas de comercio y turismo, hoy llevan palabras que nadie querría leer: restos humanos, narcomensajes, amenazas que cuelgan como signos de puntuación en cada esquina. El gobierno municipal, simplemente, no existe; Pedro Miguel Rosaldo es un títere impuesto por el crimen organizado y manejado por el crimen desorganizado (léase Gobierno estatal). Este singular edil, simplemente, ha dejado a la población a su suerte, en manos de los narcotraficantes, y su narrativa es tan pobre como sus deseos de hacer algo bueno por Coatzacoalcos.
Aquí, la violencia no sólo es la muerte física: es el desgaste de un tejido social, la erosión de sueños, la suspensión del futuro. La mutilación de cuerpos se traduce en la mutilación de familias. El cierre de un restaurante no es simplemente un negocio perdido: es un pedazo más de esperanza despedazado.
Y mientras los cuerpos se acumulan en hieleras anónimas, la ciudad se pregunta si alguna vez podrá volver a caminar sin miedo, sin que las sombras caminen primero.
