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Por La Ñonga

Ricardo Monreal confirmó esta semana que no quiere participar en la sección de humor de Televisa “Las mangas del chaleco”, porque —según explicó con gesto solemne frente al espejo— él no está para chistes, sino para “pasar a las páginas de la historia”.

La declaración fue recibida con respeto… y carcajadas.

Porque en efecto, Monreal podría pasar a la historia, pero no precisamente como héroe republicano, sino como uno de esos personajes que los libros colocan en el capítulo incómodo: el de los operadores grises, los equilibristas del poder, los que siempre supieron demasiado y callaron más de lo que debían.

“No quiero ser parte de un segmento de burla”, habría dicho Monreal a su círculo cercano, olvidando que su carrera política completa ha sido, para muchos mexicanos, una tragicomedia prolongada.

Analistas ficticios consultados por La Ñonga aseguran que Monreal teme aparecer en televisión no por dignidad, sino por reflejo:

“Cuando se ve en pantalla, no sabe si está viendo a un senador, a un operador del régimen o a un expediente judicial todavía sin abrir”.

Mientras tanto, en los pasillos del poder, ya se habla de su verdadero legado histórico:
— El político que siempre estuvo cerca de todo, pero lejos de cualquier responsabilidad.
— El hombre que negoció con todos, pero nunca explicó con quién ni para qué.
— El personaje que quiere controlar cómo será recordado… justo cuando la memoria colectiva ya empezó a escribir otra versión.

Porque hay algo peor que salir en una sección de humor:
creer que uno controla la historia cuando la historia ya tomó nota.

Y en La Ñonga lo dejamos claro:
No todos los que “pasan a la historia” entran al salón de los próceres.
Algunos entran directo… al archivo judicial del futuro.

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