
Trump va a la Tercera Guerra Mundial
Columna | Por Cuauhtémoc Villegas
Estados Unidos no se está preparando para evitar el fin del mundo.
Se está preparando para sobrevivirlo.
Esa es la diferencia que cambia por completo la lectura del momento histórico que vivimos.
Desde hace años, pero con mayor claridad en el nuevo ciclo político encabezado por Donald Trump, el aparato de poder estadounidense ha invertido miles de millones de dólares en planes de “continuidad del gobierno”, ejercicios militares de gran escala, simulacros de guerra nuclear, protocolos de colapso institucional, protección de élites estratégicas y fortalecimiento de infraestructuras diseñadas para operar después de una catástrofe global.
No son teorías marginales.
Son documentos públicos del Pentágono, presupuestos oficiales del Congreso, programas reconocidos por la propia Casa Blanca.
La pregunta no es si esos planes existen.
La pregunta es por qué existen con tal nivel de sofisticación.
Cuando un Estado poderoso se organiza para gobernar después del desastre, está aceptando como realista la posibilidad de una guerra de escala global.
En ese contexto, el regreso de Donald Trump al centro del poder no representa una anomalía, sino una consecuencia lógica de esa mentalidad. Trump no es el arquitecto oculto de un plan secreto: es la expresión política más cruda de una estructura que ya se concibe a sí misma en guerra permanente, aunque todavía no declarada.
Su visión del mundo es simple y peligrosa: dominar o ser dominado.
No negociar, sino imponer.
No contener conflictos, sino administrarlos estratégicamente.
Por eso su política exterior gira alrededor del control de territorios clave, rutas estratégicas y recursos fundamentales.
Venezuela no es solo ideología: es petróleo, energía, control regional.
Groenlandia no es un capricho: es dominio del Ártico, minerales estratégicos, posicionamiento militar futuro.
La presión constante sobre México no es solo migración: es territorio, soberanía, subordinación geopolítica.
Todo encaja en una lógica que los estrategas militares conocen bien: asegurar recursos críticos y posiciones estratégicas antes de que el tablero global entre en fase abierta de confrontación.
Mientras tanto, Estados Unidos ha reducido su compromiso con organismos multilaterales, ha debilitado acuerdos internacionales, ha priorizado el lenguaje militar sobre el diplomático y ha normalizado la idea de que la fuerza es una herramienta legítima para resolver disputas globales.
La historia enseña que las guerras mundiales no comienzan con una declaración formal.
Comienzan cuando se normaliza la preparación para la guerra.
Cuando se habitúa a la población al miedo.
Cuando se presentan las agresiones como “necesarias”.
Cuando se convierte la militarización en rutina.
Hoy, las grandes potencias realizan ejercicios militares simultáneos, modernizan arsenales nucleares, prueban sistemas de defensa y ataque, simulan escenarios de colapso. Todo bajo el lenguaje técnico de la “prevención”, pero con un resultado concreto: el mundo entero vive bajo tensión estructural permanente.
La Tercera Guerra Mundial —si llega— no será una película.
No tendrá una fecha clara de inicio.
Será fragmentada, progresiva, normalizada: un conflicto aquí, una intervención allá, un bloqueo más adelante, una anexión disfrazada de seguridad nacional.
Y cuando la mayoría quiera reaccionar, ya será demasiado tarde.
Esta no es una predicción apocalíptica.
Es una lectura política del presente basada en hechos visibles: presupuestos militares, doctrinas estratégicas, discursos oficiales, reposicionamientos territoriales, control de recursos, abandono de la diplomacia clásica.
Callar frente a eso no es prudencia.
Es ceguera.
Nombrarlo, escribirlo y advertirlo es hoy una obligación intelectual.
Porque si el poder ya se está preparando para administrar el mundo después del desastre, alguien tiene que atreverse a decir lo evidente:
el desastre ya está siendo contemplado como posibilidad real.
Y eso, por sí solo, debería estremecernos.
