Martín Caparrós: ‘Todo en la vida es un azar’
Alfabeto QWERTY/Andres Villarreal/Ríodoce.

Martín Caparrós, el periodista argentino maestro de otros periodistas, me despertó una envidia inexplicable desde las primeras palabras que le leí hace unos 20 años. De ahí en adelante le busqué siempre y recurría a él cuando estaba atorado buscando cómo hacer una descripción o cómo redondear una frase. Después, el internet facilitaría mucho la búsqueda de sus textos y la regularidad de poder leerlo por donde anduviera.

Hace unos 10 años, Ismael Bojórquez llegó de un viaje y me regaló Lacrónica, una recopilación del recorrido por el mundo de un periodista que parecía omnipresente. (Años después Ismael compartiría un taxi con Caparrós, y un diálogo que aún repetimos). Lacrónica, así pegado, sin espacio, porque Caparrós pretende potenciar el lenguaje, hacerlo decir más. Inventa palabras, como Ñamérica, otro de sus libros donde recorre el continente americano y le añade el fonema particular del español, la letra Ñ.
Hace un año apareció Antes que Nada. Apenas dos meses después que anunciara públicamente que padecía una enfermedad incurable: Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), una enfermedad neuro-degenerativa que afecta las neuronas motoras de manera progresiva, que implica pérdida gradual del control muscular.
Un libro que se muestra como un atrevimiento si partimos de su primera frase: “Me dijeron que me voy a morir.” Lo que todos sabemos, no necesitamos que nadie nos lo diga y hasta nos empeñamos en olvidar. Pero es otra cosa, “muy otra que te digan que hay un plazo y ni siquiera es largo.”
Caparrós, aun perdiendo sus facultades motoras, donde se va volviendo una batalla ponerse el pantalón o levantar una cuchara, ya ni se diga escribir, se atreve a plasmar sus memorias en 655 páginas, aunque nunca pensó en ellas porque estaba seguro que llegaría a viejo.
El periodista recorre su vida de manera lineal, desde bebé hasta sus cumpleaños a los que creía no llegar: 66 y 67 (en mayo pasado cumplió 68). Desde el inicio asemeja una sesión de psicoanálisis, al fin hijo de psicoanalistas. “¿Cómo es ser un bebé?” Se pregunta.
Recuerda la presunción de su inteligencia adolescente, “pasión por saber”, que lo llevó de la lectura a la escritura. Más tarde a la militancia en los grupos de izquierda en la Argentina de los años 70 del siglo XX, y que muy pronto entraría en una espiral de violencia y desapariciones forzadas de la que él se salvó porque se exilió a tiempo.
En capítulos alternos, mientras va recorriendo su vida, habla de La enfermedad. Lo hace sin lloriqueos, aunque sin abandonar un lamento por lo que significa ir perdiendo facultades. Al final, dice, “cada uno debe encontrar en sí los atributos por los cuales es una pena que se muera.”
Dice muchas veces que disfrutó de la vida, no tiene quejas salvo que se acabará pronto y aún falta por hacer. Y escribir salva: “Este será mi libro Sheherezade: Mientras pueda seguir contando cuentos, será que sigo vivo.”
Margen de error
(Periodismo) Caparrós reconoce que siempre quiso ser escritor, pero lo que siempre fue es periodista. Intentó novelas, y son muy buenas, pero es como cronista donde destaca a niveles envidiables. “Ser periodista era el trabajo de los escritores”.
Sin afán didáctico, Caparrós va dejando pinceladas sobre el oficio. “Actitud de cazador”, la llama: “mirar, escuchar, y tratar de ordenar todo eso en un relato que vaya pintando, poco a poco, un fresco…encontrar las historias que no cuenten solo lo que están contando. Y encontrar relaciones entre ellas, esos vínculos que te ofrezcan la posibilidad de entender algo nuevo… una prosa, una música que pueda contenerlas.”
Con ese entendimiento recorrió el mundo. Se podría decir que algunos de sus proyectos periodísticos son faraónicos, monumentales, como El Hambre, que aborda el problema mundial. O Ñamérica, que busca abarcar un continente.
Pero algo aparentemente pequeño me ha llamado la atención. Un día le dicen que José Rafael Videla (dictador de la Argentina de 1976 a 1981) tranquilamente fuera del poder e indultado, iba todas las mañanas a trotar en La Costanera, un malecón en Buenos Aires. Va y lo ve y lo intenta entrevistar. Casi ni lo cree que a pesar de que era señalado por centenares de desapariciones, por llevar a la ruina al país, iba a trotar de los más quitado de la pena.
Publica “Videla boca abajo”, y la nota lleva a grupos de personas al malecón para ver si así aún se atreve a llegar. “Ya no pudo trotarnos en la cara. El periodismo a veces se envanece de triunfos chiquitos,” escribe a la distancia.
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Mirilla
(Maduro) Apenas empieza el año y la fuerza Delta de los Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro, hasta ese momento Presidente de Venezuela. Si no fuera por las explosiones por la ciudad, lo hizo con una facilidad engañosa. “Nosotros nos haremos cargo de ocupar el gobierno, dijo Trump, horas después. Y “Vamos a invertir miles de millones de dólares en la industria petrolera…es un ganar-ganar”.
Esto también lleva a Caparrós. En enero de 2019 recorrió las principales ciudades de América. Pasó por Caracas. Una ciudad herida, tituló la crónica. “Un enclave en guerra, salvo que no hay guerra.”
Sería hasta predictivo en aquel texto. Escribió que Maduro estaba proclamado en el poder hasta 2025. Pues apenas le falló por unos días, Maduro solo estuvo tres días del 2026 en el poder.
No podía ser más atinada la portada de Antes que nada con un dibujo de Miguel Rep con el Caparrós de siempre. El del bigote en espiral y la calva que ilumina, tecleando en una computadora, con un reloj en la media luna que se va derritiendo (PUNTO)
Artículo publicado el 4 de enero de 2026 en la edición 1197 del semanario Ríodoce.
