
Debate estético e ideológico del arte durante la Guerra Fría
De la literatura en pugna por el ser humano
Reflexión sobre la disputa entre el arte puro y el arte de compromiso durante la Guerra Fría y su impacto en la literatura universal.

Sobre la tensión entre estética y el compromiso social en la literatura, y cómo el posmodernismo diluye su sentido crítico y humano.
Alberto Farfán/Los Ángeles Press
En el marco de la denominada Guerra Fría ─confrontación de corte ideológico, fundamentalmente, entre la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y los Estados Unidos de Norteamérica─ se desarrolló una álgida pugna intelectual bajo el marco teórico-práctico de la definición del papel del arte en torno a aclarar su significación. En esta discusión que tuviera lugar en la primera mitad del siglo XX y décadas posteriores, cuyo peso permeó la visión del escritor en diversas latitudes, se presentaron dos posturas irreconciliables.
Por un lado, se defendía la concepción de que el escritor debía entregarse a un “arte puro”, entendiéndose a éste como la labor creativa que es ajena a situaciones circunstanciales de contenido político-ideológico; los propósitos del “arte puro”, en consecuencia, debían corresponder a fines absolutamente estéticos. En cambio, la otra vertiente sostenía que el arte no podía hacer abstracción de las problemáticas histórico-sociales, que el escritor no podía sustraerse de su propio contexto; y en tanto que esas problemáticas obstaculizaran el devenir humano del hombre ─en su significado genérico─, el escritor se encontraba obligado no sólo a plasmar dichos conflictos, sino que también a nunca soslayarlos involuntariamente, sin menoscabo, por supuesto, de la calidad estética indispensable en sus obras. A esta concepción sus adversarios la denominaron “arte utilitario”; más aún, la calificaron en forma peyorativa como arte “tendencioso”.
De ahí, ambas posturas se radicalizaron, cayendo inexorablemente en una aviesa y acuciante polarización práctica. Y si bien es cierto que no todos los escritores incurrieron en semejante falta de perspectiva tanto estética como político-ideológica, la producción literaria se observó constreñida a dicho ámbito sobre ideologizado. El arte puro se volcó al aspecto formal en perjuicio del contenido; la omnisciencia narrativa acrítica, el ludismo verbal, la linealidad de planos y personajes, la banalidad temática, etcétera, sólo engendraron, en suma, obras de eminente carácter estéril. Por su parte, el polo opuesto degeneró en textos en el seno de los cuales brotaban ávidamente mensajes de flagrante contenido político-ideológico, no un cuestionamiento de la realidad sino casi arengas ─sobre todo en América Latina─ que incitaban a romper cadenas; libelos de nula calidad estética en su gran mayoría.
Pero después de la tormenta vendría la calma. Considerando no obstante que el sustento humano-progresista evidenció cuál de las dos perspectivas artísticas debía de dimitir y cuál reconfigurarse en la palestra de la literatura universal, en ese afán de posibilitar el ascenso humano del hombre. Y ciertamente que las aguas volvieron a su cauce, aunque en forma paulatina a lo largo del siglo.
El arte puro procuraba en sus entrañas, al subsumirse en el plano estético-estilístico, la evasión de la realidad, perpetuando el carácter pasivo de los individuos, en función de alimentar la enajenación cosificante, por oposición al arte utilitario o tendencioso; pues éste al recurrir al plano estético-social favorecía una especie de toma de conciencia del individuo ante una realidad asfixiante, susceptible, sin embargo, de modificarse.
El arte de compromiso, como después se llegó a llamar al peyorativo “arte tendencioso”, con el paso del tiempo, en efecto, puso a todos en su justa dimensión; por ejemplo, demostró que el plano estilístico-formal no se haya divorciado en su esencia del contenido social de una obra. Situándose él mismo, además, en la esfera universal, dejando de ser un arte al servicio de la idea de un solo sector, ideológicamente predeterminado. El mecanicismo dogmático en la plasmación literario-artística se desvanecería para dar paso a la idea común de vastos sectores en el mundo ─al margen incluso de sus particulares contextos históricos─, la idea de orden filosófico que desembocó en la concepción estética (social y estilística; contenido y forma) de un arte en aras del desarrollo integral del hombre, que comprendía a la libertad y a la satisfacción de todas las necesidades humanas del mismo, tanto de orden estrictamente social como del ámbito intimista-individual, todo ello bajo una óptica crítica, de cuestionamiento franco o explícito; todo lo cual apunta y describe, sin objeción alguna, al ya constituido y proclamado arte Universal.
No obstante lo cual, en las últimas décadas del siglo XX, pero sobre todo en este siglo XXI, ha surgido imperioso e indestructible, aparentemente, el enfoque cultural denominado posmodernismo, y el problema con éste radica no tanto en que niega el movimiento anterior, sino que niega al mismo hombre, cosificándolo con mayor rigor, aunque más sutilmente. La supuesta apertura global, abanico de posibilidades utilizables incluso en un sólo instante, atenúa, paradójicamente, la esencia de esos distintos componentes, desembocando en un ejercicio literario insulso y efímero. Encontramos entreveramiento de géneros, de estilos, de tipos de lenguaje y de asuntos extraliterarios, que sólo conducen a una estupidez alienante. Un ejemplo de esto, aunque en el espectro musical, lo encontramos en el llamado reggaetón y estilos similares, en donde de manera soez y grotesca se habla de la mujer y el hombre en el ámbito sexual explícitamente. Y esta presunta música todo mundo la canta, la baila, sonríe y sus autores obtienen premios internacionales supuestamente respetables, como si cosificar al ser humano de esta manera fuera de lo más loable.
